30.3.11

EL DESIERTO, TIEMPO FUERTE DE EXPERIENCIA DE DIOS


RR. Escolapias, Rubí, 17 de julio 2004
Durante estos días o semanas que estáis reunidas para un trabajo espiritual intenso, se intercala hoy un día de desierto. El P. Jaume Boada os habló de la "iniciación la experiencia de Dios", la Hermana Rosa María Piquer sobre "la iniciación a la lectio divina".
Hoy va a ser un día no tanto de palabras como de ejercicio práctico. Para que se dé la experiencia de Dios hace falta, como dice J. De Dios Martín Velasco en un pequeño estudio sobre la mística: concentración, interiorización, purificación y dominio de sí.
Os invito, pues a preparar el terreno para este día de desierto,

-concentrando vuestros pensamientos, vuestros sentimientos, emociones e ideas alrededor de un deseo cordial de pasar este día en desierto: soledad, silencio, anchura, escucha y espera.
-Haciéndolo, casi sin daros cuenta os encontraréis en vuestro interior. Me parece importante recordar que la interioridad no es lo contrario de la exterioridad, sino de la superficialidad, de la multiplicidad no integrado, de la dispersión y de la mediocridad. El día de desierto nos da una oportunidad de recoger todo lo que vivimos, lo que nos habita y nos mueve y conmueve en la corriente de lo que somos cuando todos los adornos y apoyos desaparecen.
-y estando dentro de vosotras, dejad que la presencia del Espíritu ilumine y
-purifique este interior que suele estar atestado de elementos que impiden, estorban, distorsionan la verdad de nuestro ser y hacer. Para pasar un día de desierto también
-hace falta el dominio de sí. Espero que los días pasado ya os hayan puesto en un clima que facilite este dominio, ya que estáis metidas en un ritmo que gira del todo alrededor del encuentro profundo con vosotras mismas, con Dios y con los demás. Entiendo como dominio de sí el abandono de toda actividad o iniciativa egocéntrica, la que quiere organizar, dirigir y controlar el propio camino hacia Dios, y en cambio, activar al máximo la capacidad de entregarnos al Espíritu, de responder, de dejarnos hacer.
Es muy corto un solo día, pero sobre lo ya vivido en estos días, pienso que no será demasiado difícil conseguir un vacío. Lo primero sería, pues, llegar a entrar en un desierto: el desierto de este día en el que nadie os va a decir nada, en que nadie se va a "preocupar" de vosotras, en el que estáis realmente SOLAS. Hay horas en el día, sobre todo las últimas horas antes de la noche en que la soledad suele ser especialmente denso. De esto habla la tradición monástica con sus hábitos de silencio y de soledad. Muchas Reglas proponen un silencio riguroso durante la noche. Y es que la noche todavía suscita en nuestra alma algo de desamparo, de fascinación también, pero es un momento en que surgen las confidencias profundas, los encuentros intensos, momentos en que algo dentro de nosotros busca un amparo, una compañía antes de entrar en el alcoba del sueño, hermano de la hermana muerte. En la vida monástica se quiere significar con esta norma de silencio que sólo Dios es el Tú a quien van dirigidas estas confidencias, el amparo donde estamos seguros.- Por propia experiencia sé que tanto en la vida comunitaria como en una vida de mayor soledad eremítica, las horas del anochecer tienen un poder purificador, ponen de manifiesto nuestra pobreza y nuestra fragilidad y nos invitan a la confianza en el Único. Me atrevo pues, a sugerir que el día acabe también en total soledad y silencio.
Un día en que nada de lo que tenéis dentro, recuerdos, preocupaciones, miedos, proyectos, relaciones, emociones y afectos sea más fuerte y más activo que el vuestro yo profundo de cara al misterio de Dios, el Espíritu que habita en nosotros. Lo segundo: la experiencia de Dios en este "tiempo y espacio" que es el desierto. Dos tareas demasiado grandes para un solo día. Pienso que se tratará simplemente de iniciar hoy un posible camino hacia el desierto para que, si a Dios le agrada, estar preparadas para una experiencia de su presencia en nuestra vida.
1. El desierto como lugar y vivencia de pobreza
Seguramente muchas de vosotras, o algunas, tenéis experiencia concreta de paisaje de desierto, en la misiones de África, Latinoamérica u otras. Yo misma no tengo esa experiencia, lo que se puede parecer un poco, es el ambiente de alta montaña, donde ya no hay vegetación, donde el viento, el peligro, la amenaza de la naturaleza todavía llega a las entrañas y produce miedo y desamparo, sensación de total fragilidad e indefensión. También los ambientes de grandes aglomeraciones de gente, hacinamiento en viviendas urbanas miserables, gentes faltas de la mínima libertad para escoger una vida digna , puede suscitar los mismos sentimientos de soledad, de abandono, de nada, de despojo total.
Sería bueno que cada una se construyera por dentro el espacio real de un desierto del que tiene alguna experiencia vital, que ha pasado por su carne y su espíritu.
En este desierto creado ahora por la imaginación nos podemos instalar para este día concreto de vuestra convivencia.
a)
Vamos a estar con Jesús en el desierto y atravesar con él las experiencias que le llevaban al encuentro con la condición humana que él asumió libremente y qué significaba esto desde la voluntad de Dios, y un encuentro con el Padre. Todo esto se desarrolla en un clima de tentación, de lucha, de aprendizaje. La experiencia de Dios en el desierto no está aislada de la experiencia de una misma. El desierto es como el símbolo de la tarea de toda la vida: llegar a ser lo que ya somos: persona humana, hija de Dios. Esto es lo que Jesús aprendió en el desierto: qué es ser hijo de Dios e hijo del hombre a la vez.
b)
Jesús permanece en el desierto cuarenta días y cuarenta noches. No abandona.
En el desierto no nos es posible huir de nosotras mismas. Tenemos tendencia de hacerlo, nos cuesta aceptar la verdad de nuestro ser, no solamente los defectos y sombras, sino la misma condición finita, abocada a la muerte. Nuestra libertad recibida que experimentamos tan a menudo como incapaz de realizar lo que es su tarea, la de ser lo que ya somos, se desarrolla en la tentación para llegar a aceptar con "obediencia de corazón" el ser que Dios nos ha dado.
c)
En el desierto nos podemos sentir invitadas a aceptar amorosamente de nuevo nuestro ser concreto, con todo lo que ya conocemos y padecemos de nosotras mismas y lo que todavía sigue escondido a nuestra mirada consciente. Esta aceptación de una misma es una tarea que dura toda la vida. Muchos de nuestros sufrimientos y nuestros conflictos con el mundo que nos rodea, con el mismo Dios, surgen de la falta de auténtico amor propio. No nos amamos, no nos tratamos amorosamente porque no nos aceptamos como somos y vemos a menudo en nosotras mismas una enemiga.
Jesús ha pasado por todas estas experiencias. Ha tenido que aprender qué es ser hombre siendo Dios. (cf Hb. Aprendió en el sufrimiento qué es obedecer), es decir, qué es aceptar la condición humana en su fragilidad y su grandeza desde Dios. La experiencia de Dios en el desierto no es una función de "luz y sonido" para embelezar el alma, sino que es el choque íntimo y dramático de lo divino y lo humano en nuestra propia identidad.
Las tentaciones de Jesús son como un símbolo, una manera de contar, narrar este encuentro. Jesús tuvo que aprender a ser hijo de Dios en carne humana. No fue una especie de "teatro" con todos los efectos "como si fuera realidad", lo que vivió el Hijo de Dios al hacerse hombre. No es únicamente el aspecto biológico que deberíamos considerar: Jesús se abajó al riesgo real, extremo de vivir una existencia humana que se va creando, realizando y logrando en el decurso de los años, según la libertad y la obediencia de cada individuo, también para Jesús. Jesús lo vivió con una mentalidad y una disposición que Pablo nos describe en la carta a los filipenses: "...Cristo Jesús, el cual siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios. Al contrario, se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. (Fl 2,5-9) Llegó a esto a través del aprendizaje y la tentación.
La experiencia de Dios, en el desierto de este día concreto, y en el desierto de toda la vida, siempre está bajo el signo de la encarnación. Nunca se puede considerar la experiencia de Dios como algo totalmente desligado de nuestra condición humana. No hay experiencia de Dios que no tenga que ver y no se verifique precisamente en la "carne", en nuestra conciencia, en nuestra concreta situación existencial de un momento concreto. Esto es lo que nos enseñan las tentaciones de Jesús en el desierto: Son encuentros con nuestra propia realidad, de alguna manera estropeada, distorsionada por el pecado, por el espíritu maligno, y nuestra libertad, puesta en acción para aceptar y confiar en el Dios que se nos ha manifestado en Jesús, frente al engaño del demonio que nos enseña una imagen de nosotras y de Dios falsa. Por esto, las tentaciones de Jesús nos son camino clarificador y magistral hacia la auténtica experiencia de Dios y de nosotras mismas.
Si Jesús con toda su vida, su muerte y su resurrección, nos ha revelado el verdadero rostro del Padre, las entrañas de la Madre-Dios, las tentaciones nos muestran cómo Jesús, por la encarnación descubre en su carne este rostro y como el misterio de Dios en el hombre, se revela en la POBREZA DE ESPÍRITU. Esta pobreza se manifiesta en las tres vertientes de las tres tentaciones: hambre (riqueza), ostentación personal (utilizando a Dios para provecho propio), poder (a cambio de adorar al diablo)
2. Las tentaciones de Jesús
"Entonces el Espíritu llevó a Jesús al desierto, para que el diablo lo pusiera a prueba....El tentador se acercó entonces y le dijo: Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes. Jesús le respondió: Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios."(cf Mt 4,1-11)
Jesús experimenta en el desierto la tensión entre lo que es la condición humana con su semilla de divinidad dentro y con el horizonte finito o el pensamiento finito. El ser humano quiere abarcar esta semilla y se inclina a interpretarla erróneamente. La libertad envenenada por la sugestión del maligno le conduce a la desmesura de creer que por su propia fuerza puede satisfacer su hambre, su sustento, asegurar su existencia. Jesús responde a la tentación confiando en la Palabra de Dios. No somos nosotras las que sabemos cómo sustentar la vida, cómo saciar nuestras necesidades. No somos la fuente de nuestra vida, está en otro sitio, está en Dios.

Aceptar esta primera forma de pobreza: No ser yo la que sé por dónde tienen que ir las cosas para que mi vida está alimentada, subsista y no me muera de hambre. Esto es experiencia de Dios: nuestra libertad, nuestra fe se reafirman en la Palabra de Dios que es pan para los humanos, nos sacia en nuestra más hondas aspiraciones. (recordar la dinámica de la lectio divina) Creerlo desde la experiencia de hambre y esperar libremente en Dios, es experimentarlo.
Aquí cada una puede recordar o descubrir su propia tentación, qué clase de pan estoy yo tentada a procurar por mi cuenta para no morir de hambre, qué necesidades procuro yo satisfacer por mi cuenta: un destino concreto, un cargo, un trabajo, formación profesional etc., relaciones personales, objetos "necesarios", vestidos, vacaciones, descansos, retiros, libros etc. etc. Todo esto en el fondo es no aceptar el amor de Dios, no aceptar que él sólo es la fuente de vida del hombre, es querer hacer la experiencia de Dios desde mi propia iniciativa.
"Después el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios, tírate abajo; porque está escrito: Dará órdenes a sus ángeles para que te lleven en brazos, de modo que tu pie no tropiece en piedra alguna." Jesús le dijo: También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios." (ib.) La tentación consiste en que queremos ser fuertes desde nuestra propia fuerza. Utilizar a Dios para quedar nosotras en evidencia de grandeza y poder, pero no tanto en el sentido de orgullo o fanfarronería, sino más hondamente: como salida a nuestra pobreza existencial. La tentación consiste en no aceptar que la condición humana nos hace caminar sobre abismos sin que ninguna otra mano fuera de la de Dios nos pueda guardar y salvar. Jesús resiste a la tentación aceptando esta pobreza de la persona humana. Jesús, en su encarnación se ha tirado abajo, hasta el abismo de ser hombre, un hombre cualquiera, no ha retenido ávidamente su condición divina. Ha pasado por el abismo oscuro de la pobreza humana. Ha confiado en Dios, no para que le ahorrase este abajamiento, sino precisamente para posibilitarnos a nosotros la experiencia de un Dios que es en si pobreza, que se abaja hasta nuestra pobreza. Nos hace posible experimentar a Dios en el desierto de nuestra miserable situación, personal y colectiva. Jesús ha experimentado en todo nuestras flaquezas, menos en el pecado (cf Hb 4,15)

Quizá estemos en un momento en que nos toca dejarnos caer en las manos de Dios, sin tener ninguna evidencia de su salvación o que la "salvación" no se verifica según nuestros deseos, sino por caminos de sufrimiento, inseguridad y abandono.
"De nuevo lo llevó consigo el diablo a un monte muy alto, le mostró todos los reinos del mundo con su gloria y le dijo: Todo esto te daré, si te postras y me adoras. Entonces. Jesús le dijo: Márchate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él le darás culto." (Mt 4, 8-10) En el fondo, las tres tentaciones de Jesús nos quieren presentar la innata tendencia de la persona humana de hacerse un Dios, de adorar a un Dios hecho a la medida de nuestro afán de no morir, de tener absoluta seguridad de SER. Poseer todo el mundo parece dar seguridad, adorar la riqueza como el dios que nos salva, no es sólo una imagen algo exagerada, nos confronta con la libre decisión de optar por un Dios pobre o por el dios de la mentira. El diablo no teme nada tanto como a Dios pobre, Dios que se manifiesta en la humildad, en la total dependencia del ser humana, en Jesús de Nazaret. Jesús, hasta la cruz tuvo que renovar y ratificar su libre obediencia y confianza en el Padre-Madre que entraña en su ser trinitario la pobreza de quien no tiene nada porque lo da todo en una relación amorosa absoluta.

Las tres vertientes de la misma tentación que Jesús vivió en el desierto nos confrontan con la POBREZA de nuestro ser y nos abren el camino, gracias a Jesús, a la confiada y fuerte obediencia a aquel Dios que él nos revela en su vida, su muerte y su resurrección. Creer, apoyarnos, confiar, amar y alegrarnos de un Dios que no tiene nada que ver con todo lo que en el mundo se tiene por poder, grandeza, perfección y riqueza, es una experiencia de pobreza total y a la vez de libertad total frente a la mentira del maligno. Experimentar esto y gozarlo en el desierto de nuestra vida concreta es el éxtasis de nuestra concreta encarnación personal (Menschwerdung) que Dios nos quiere regalar.
La pobreza es como la madre del triple misterio de fe, esperanza y amor. Pobreza y desierto llegan a ser casi sinónimos. Es el umbral de la auténtica encarnación, humanización de cada persona, el umbral donde llegamos a ser lo que somos y donde nos encontramos con Dios. En la pobreza podemos experimentar a Dios, en ningún otro lugar. Y Dios -la encarnación en Jesús de Nazaret nos lo manifiesta- sólo llega al hombre en la pobreza. Ella es el lugar de "tránsito comercial" ("puerto de mercancías") entre cielo y tierra, lugar del encuentro entre Dios y el hombre. (aquí se podría contemplar a María, la pobre de Yahve)

3. El desierto, lugar de mi pobreza, lugar de mi experiencia de Dios
Las reacciones de Jesús a las tentaciones nos muestran una imagen del hombre y de Dios que está totalmente marcada por la pobreza. El diablo no teme nada tanto como un Dios que se hace "esclavo", que comparte hasta el final la fragilidad humana. Y el arma constante del diablo y su intento permanente es hacer creer a la persona que puede ser fuerte y grande como Dios desde su propio esfuerzo. Quiere hacer creer a Jesús que el camino de la encarnación no pasa más que por la tangente de la condición humana, como si Jesús como Hijo de Dios sobrevolara el abismo de la humanidad sin meterse a fondo y le sugiere salvarla por obra de magia que no por la solidaridad absoluta.
Los siguientes puntos pueden ayudaros en este día a descubrir alguna faceta de vuestra realidad personal, donde existe la tentación y la respuesta a ella. No es mi intención que fuera una especie de examen de conciencia moral. Más bien un darnos cuenta cuál es la imagen de Dios, cuál es el Dios que experimento, cuándo me encuentro conmigo y con él, en el desierto de mi libertad y mi responsabilidad únicas.
1. Ante mis más hondos anhelos, ante los deseos de felicidad, de respuesta a lo que se mueve en lo más íntimo de mi corazón, ansia de ser amada y amar, de encontrar el sentido profundo de mi existencia, ¿me entrego al misterio del amor de Dios que sobrepasa todo, del que no puedo disponer pero al que me confío radicalmente, desde mis raíces? Quedo como escondida ante mí misma al experimentar que no tengo consistencia fuera del abandono total en Dios. Es una forma de "éxtasis". Toda la vida consiste en dejarse arrebatar a uno mismo en este éxtasis, para escuchar o obedecer libremente a nuestra condición de no ser más que en el SER que es el Dios de N. S. Jesucristo. Aceptar esto es vivir el éxtasis de la condición humana que los místicos en fenómenos extraordinarios experimentan como salida de si mismos y unión total con Dios, experiencias que no son más que símbolos o imágenes del éxtasis primordial que es la vida humana. "En una noche oscura, con ansias en amores inflamada, oh dichosa ventura, salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada." (Noche oscura, S. Juan de la Cruz)
La contraportada de esta actitud es el intento de buscar las respuestas en otra cosa, fuera de Dios. Aquí vienen todas las actitudes de nuestro corazón: ansia de reconocimiento, dominio, peculiaridades, poder, riqueza en su múltiples formas. Siempre que buscamos seguridad para nuestra íntima conciencia de no ser, en personas, circunstancias, cosas, nos cerramos de alguna manera el paso para la experiencia de Dios. Nos quedamos en el dios que nos presenta el diablo, el dios del poder y de la riqueza, no el Dios pobre de la encarnación.
El desierto, la nada, nos pueden poner delante con mucha claridad y de forma hiriente nuestra innata pobreza, lo deleznable que resulta ser persona humana. El desierto, si nos encaramos honestamente a él, acaba con la superficialidad, con las distracciones que nos alejan de la verdad de nuestro ser y nos deja desnuda ante lo que realmente somos: mortales, insignificantes, sólo relevantes para un Dios que comparte esta pobreza.
Hoy puede ser un día en que profundicemos en esta verdad y miremos de cerca nuestra respuesta. No tanto para enmendarnos, sino para crear la posibilidad de abrirnos de nuevo a lo sorprendente de una vida que recibe el horizonte luminoso e infinito del misterio de Dios, tal como Jesús lo aceptó en las tentaciones en el inicio de su vida pública.
4. Formas de pobreza o de desierto donde experimentar a Dios
La vida de cada día nos lleva al desierto silencioso, discreto pero real de la pobreza.

a) la pobreza de la vida "pequeña", insignificante, que no llama la atención a nadie, y menos a nosotras mismas. No tiene nada de heroica, tal vez tampoco nada de dramática, simplemente es vulgar, pequeña. Tiene el sello de lo simple, sencillo. Un ambiente vital donde no podemos hacer nada más que presentar a Jesús, nuestras manos vacías, nuestra mediocridad, sinceramente reconocida y presentada a Dios para que la transforme él si quiere, dejarnos purificar por él de nuestra vulgaridad, por los caminos que él escoge y no nosotras.

b) La pobreza de soledad, de la incomprensión, del aislamiento puede ser un desierto donde encontrar a Dios. En esta situación abrirnos a la esperanza en Aquel que tiene nuestra vida en sus manos amorosas, "contra toda esperanza" (cf Rm 4,18) como Abrahán.

c) La pobreza de experimentarnos en nuestra intangible singularidad, de la que no podemos huir, en momentos de intransferible responsabilidad que no tiene respaldo de nadie más que de nuestra conciencia y en que sólo tenemos a Dios por testigo y por apoyo. Nuestro misterio personal que nos confiere grandeza y soledad, nuestra misión que nadie puede garantizar y por quien nadie sale fiador más que Dios mismo y nosotros, en la que Dios se nos quiere manifestar como el único que sabe de nosotros hasta el final. Y la tentación de "hacer como todos", ir "al hilo de la gente", como dice Santa Teresa. (Habla del tema candente de la honra en la sociedad de fuertes discriminaciones entre cristianos viejos y nuevos etc. "Hablo ...del tiempo que me precié de honra sin entender qué cosa era, e íbame al hilo de la gente por lo que oía."cf CE 63,3) No llamar la atención para ahorrarnos complicaciones, aprovechar ocasiones para quedar "honrada".

d) La pobreza de nuestra personal libertad, lugar de experiencia de Dios. Entregarnos en libertad a una forma de vida, a una tarea concreta, a una persona, en fidelidad, renunciando a otras posibilidades y oportunidades a elegir, y cargando con nuestra personal responsabilidad sin aplausos de los demás. Si obramos en libertad, sólo dependiendo del Dios "pobre" como Jesús nos lo manifiesta en su vida, muerte y resurrección, nos alejamos de la tentación de querer contentar a todo el mundo, de querer aprovecharnos de los demás para nuestra seguridad, de la dependencia de las opiniones de los demás.
e) La pobreza de la muerte encierra en sí todas las formas de desierto que podemos experimentar en la vida y en la que podemos encontrarnos con la experiencia de Dios. En ella definitivamente vamos a experimentar a Dios y llegar a ser plenamente nosotras mismas en la pobreza absoluta, del todo aptas para recibir la plenitud de la riqueza de Dios. Perdemos todo, nuestro ser queda totalmente fuera de nuestro alcance, pero con la posibilidad de entregarnos libremente y para siempre al Padre por la fe, la esperanza y el amor.
5. La pobreza de la adoración
El desierto de la pobreza o la pobreza del desierto como lugar de encuentro con Dios es pues, el lugar de la ADORACIÓN. Todas las situaciones de desierto experimentadas como invitación al encuentro con Dios, nos llevan al "asombro", al silencio del estremecimiento ante Dios. Pueden ser los grandes acontecimientos interiores de nuestra vida: encuentros personales, pérdidas irreparables, gozos íntimos que transforman nuestra manera de ser, logros que nos manifiestan a las claras que el misterio de Dios está actuando en nosotras y no nuestro poder, llevan nuestro espíritu a un espacio de vacío y de silencio total, donde nuestra capacidad interior se nos manifiesta como el abismo donde se extiende el misterio divino. El alma de Jesús, el Espíritu de Jesús exhalada sobre nosotras desde la cruz nos hace escuchar la voz como de aguas caudalosas, cuando nuestra palabra queda enmudecida ante la Presencia y queda transformada en "música callada, y soledad sonora" (CB S. Juan de la Cruz) Los momentos de estremecimiento agradecido y mudo de nuestra existencia recobran la palabra por la fe en el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, se hace adoración. "Nadie va al Padre sino por mí." (Jn 14,6) Adorar a Dios en espíritu y en verdad (cf Jn 4, 23) significa confesar nuestra radical pobreza que también pertenece a Dios y desde él la vivimos. Nos desapropiamos incluso de nuestra pobreza para cantar con el salmista: "No a nosotros, Señor, no a nosotros, sólo a tu nombre da gloria, por tu amor, por tu fidelidad!" (Sal 113)
Tal vez puede parecer demasiado teórico todo lo que he ido apuntando. Mi intención era proponer algunos pensamientos, pocos, para que uno u otro pueda servir para este día de retiro. Puede que no sea más que ruido que hay que descartar para entrar en un breve espacio de tiempo -un solo día- en una situación de desierto.
Lo mejor sería que cada una, sobre el fondo de lo ya oído y vivido durante estos días, descubra simplemente, dónde está el lugar de su pobreza y ahí se esté en silencio y esperanza, resistiendo a la tentación y dejándose purificar por el Espíritu que la ha llevado al desierto.
Cristina Kaufmann
Carmelo de Mataró

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