30.3.11

EL DESIERTO, TIEMPO FUERTE DE EXPERIENCIA DE DIOS


RR. Escolapias, Rubí, 17 de julio 2004
Durante estos días o semanas que estáis reunidas para un trabajo espiritual intenso, se intercala hoy un día de desierto. El P. Jaume Boada os habló de la "iniciación la experiencia de Dios", la Hermana Rosa María Piquer sobre "la iniciación a la lectio divina".
Hoy va a ser un día no tanto de palabras como de ejercicio práctico. Para que se dé la experiencia de Dios hace falta, como dice J. De Dios Martín Velasco en un pequeño estudio sobre la mística: concentración, interiorización, purificación y dominio de sí.
Os invito, pues a preparar el terreno para este día de desierto,

-concentrando vuestros pensamientos, vuestros sentimientos, emociones e ideas alrededor de un deseo cordial de pasar este día en desierto: soledad, silencio, anchura, escucha y espera.
-Haciéndolo, casi sin daros cuenta os encontraréis en vuestro interior. Me parece importante recordar que la interioridad no es lo contrario de la exterioridad, sino de la superficialidad, de la multiplicidad no integrado, de la dispersión y de la mediocridad. El día de desierto nos da una oportunidad de recoger todo lo que vivimos, lo que nos habita y nos mueve y conmueve en la corriente de lo que somos cuando todos los adornos y apoyos desaparecen.
-y estando dentro de vosotras, dejad que la presencia del Espíritu ilumine y
-purifique este interior que suele estar atestado de elementos que impiden, estorban, distorsionan la verdad de nuestro ser y hacer. Para pasar un día de desierto también
-hace falta el dominio de sí. Espero que los días pasado ya os hayan puesto en un clima que facilite este dominio, ya que estáis metidas en un ritmo que gira del todo alrededor del encuentro profundo con vosotras mismas, con Dios y con los demás. Entiendo como dominio de sí el abandono de toda actividad o iniciativa egocéntrica, la que quiere organizar, dirigir y controlar el propio camino hacia Dios, y en cambio, activar al máximo la capacidad de entregarnos al Espíritu, de responder, de dejarnos hacer.
Es muy corto un solo día, pero sobre lo ya vivido en estos días, pienso que no será demasiado difícil conseguir un vacío. Lo primero sería, pues, llegar a entrar en un desierto: el desierto de este día en el que nadie os va a decir nada, en que nadie se va a "preocupar" de vosotras, en el que estáis realmente SOLAS. Hay horas en el día, sobre todo las últimas horas antes de la noche en que la soledad suele ser especialmente denso. De esto habla la tradición monástica con sus hábitos de silencio y de soledad. Muchas Reglas proponen un silencio riguroso durante la noche. Y es que la noche todavía suscita en nuestra alma algo de desamparo, de fascinación también, pero es un momento en que surgen las confidencias profundas, los encuentros intensos, momentos en que algo dentro de nosotros busca un amparo, una compañía antes de entrar en el alcoba del sueño, hermano de la hermana muerte. En la vida monástica se quiere significar con esta norma de silencio que sólo Dios es el Tú a quien van dirigidas estas confidencias, el amparo donde estamos seguros.- Por propia experiencia sé que tanto en la vida comunitaria como en una vida de mayor soledad eremítica, las horas del anochecer tienen un poder purificador, ponen de manifiesto nuestra pobreza y nuestra fragilidad y nos invitan a la confianza en el Único. Me atrevo pues, a sugerir que el día acabe también en total soledad y silencio.
Un día en que nada de lo que tenéis dentro, recuerdos, preocupaciones, miedos, proyectos, relaciones, emociones y afectos sea más fuerte y más activo que el vuestro yo profundo de cara al misterio de Dios, el Espíritu que habita en nosotros. Lo segundo: la experiencia de Dios en este "tiempo y espacio" que es el desierto. Dos tareas demasiado grandes para un solo día. Pienso que se tratará simplemente de iniciar hoy un posible camino hacia el desierto para que, si a Dios le agrada, estar preparadas para una experiencia de su presencia en nuestra vida.
1. El desierto como lugar y vivencia de pobreza
Seguramente muchas de vosotras, o algunas, tenéis experiencia concreta de paisaje de desierto, en la misiones de África, Latinoamérica u otras. Yo misma no tengo esa experiencia, lo que se puede parecer un poco, es el ambiente de alta montaña, donde ya no hay vegetación, donde el viento, el peligro, la amenaza de la naturaleza todavía llega a las entrañas y produce miedo y desamparo, sensación de total fragilidad e indefensión. También los ambientes de grandes aglomeraciones de gente, hacinamiento en viviendas urbanas miserables, gentes faltas de la mínima libertad para escoger una vida digna , puede suscitar los mismos sentimientos de soledad, de abandono, de nada, de despojo total.
Sería bueno que cada una se construyera por dentro el espacio real de un desierto del que tiene alguna experiencia vital, que ha pasado por su carne y su espíritu.
En este desierto creado ahora por la imaginación nos podemos instalar para este día concreto de vuestra convivencia.
a)
Vamos a estar con Jesús en el desierto y atravesar con él las experiencias que le llevaban al encuentro con la condición humana que él asumió libremente y qué significaba esto desde la voluntad de Dios, y un encuentro con el Padre. Todo esto se desarrolla en un clima de tentación, de lucha, de aprendizaje. La experiencia de Dios en el desierto no está aislada de la experiencia de una misma. El desierto es como el símbolo de la tarea de toda la vida: llegar a ser lo que ya somos: persona humana, hija de Dios. Esto es lo que Jesús aprendió en el desierto: qué es ser hijo de Dios e hijo del hombre a la vez.
b)
Jesús permanece en el desierto cuarenta días y cuarenta noches. No abandona.
En el desierto no nos es posible huir de nosotras mismas. Tenemos tendencia de hacerlo, nos cuesta aceptar la verdad de nuestro ser, no solamente los defectos y sombras, sino la misma condición finita, abocada a la muerte. Nuestra libertad recibida que experimentamos tan a menudo como incapaz de realizar lo que es su tarea, la de ser lo que ya somos, se desarrolla en la tentación para llegar a aceptar con "obediencia de corazón" el ser que Dios nos ha dado.
c)
En el desierto nos podemos sentir invitadas a aceptar amorosamente de nuevo nuestro ser concreto, con todo lo que ya conocemos y padecemos de nosotras mismas y lo que todavía sigue escondido a nuestra mirada consciente. Esta aceptación de una misma es una tarea que dura toda la vida. Muchos de nuestros sufrimientos y nuestros conflictos con el mundo que nos rodea, con el mismo Dios, surgen de la falta de auténtico amor propio. No nos amamos, no nos tratamos amorosamente porque no nos aceptamos como somos y vemos a menudo en nosotras mismas una enemiga.
Jesús ha pasado por todas estas experiencias. Ha tenido que aprender qué es ser hombre siendo Dios. (cf Hb. Aprendió en el sufrimiento qué es obedecer), es decir, qué es aceptar la condición humana en su fragilidad y su grandeza desde Dios. La experiencia de Dios en el desierto no es una función de "luz y sonido" para embelezar el alma, sino que es el choque íntimo y dramático de lo divino y lo humano en nuestra propia identidad.
Las tentaciones de Jesús son como un símbolo, una manera de contar, narrar este encuentro. Jesús tuvo que aprender a ser hijo de Dios en carne humana. No fue una especie de "teatro" con todos los efectos "como si fuera realidad", lo que vivió el Hijo de Dios al hacerse hombre. No es únicamente el aspecto biológico que deberíamos considerar: Jesús se abajó al riesgo real, extremo de vivir una existencia humana que se va creando, realizando y logrando en el decurso de los años, según la libertad y la obediencia de cada individuo, también para Jesús. Jesús lo vivió con una mentalidad y una disposición que Pablo nos describe en la carta a los filipenses: "...Cristo Jesús, el cual siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios. Al contrario, se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. (Fl 2,5-9) Llegó a esto a través del aprendizaje y la tentación.
La experiencia de Dios, en el desierto de este día concreto, y en el desierto de toda la vida, siempre está bajo el signo de la encarnación. Nunca se puede considerar la experiencia de Dios como algo totalmente desligado de nuestra condición humana. No hay experiencia de Dios que no tenga que ver y no se verifique precisamente en la "carne", en nuestra conciencia, en nuestra concreta situación existencial de un momento concreto. Esto es lo que nos enseñan las tentaciones de Jesús en el desierto: Son encuentros con nuestra propia realidad, de alguna manera estropeada, distorsionada por el pecado, por el espíritu maligno, y nuestra libertad, puesta en acción para aceptar y confiar en el Dios que se nos ha manifestado en Jesús, frente al engaño del demonio que nos enseña una imagen de nosotras y de Dios falsa. Por esto, las tentaciones de Jesús nos son camino clarificador y magistral hacia la auténtica experiencia de Dios y de nosotras mismas.
Si Jesús con toda su vida, su muerte y su resurrección, nos ha revelado el verdadero rostro del Padre, las entrañas de la Madre-Dios, las tentaciones nos muestran cómo Jesús, por la encarnación descubre en su carne este rostro y como el misterio de Dios en el hombre, se revela en la POBREZA DE ESPÍRITU. Esta pobreza se manifiesta en las tres vertientes de las tres tentaciones: hambre (riqueza), ostentación personal (utilizando a Dios para provecho propio), poder (a cambio de adorar al diablo)
2. Las tentaciones de Jesús
"Entonces el Espíritu llevó a Jesús al desierto, para que el diablo lo pusiera a prueba....El tentador se acercó entonces y le dijo: Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes. Jesús le respondió: Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios."(cf Mt 4,1-11)
Jesús experimenta en el desierto la tensión entre lo que es la condición humana con su semilla de divinidad dentro y con el horizonte finito o el pensamiento finito. El ser humano quiere abarcar esta semilla y se inclina a interpretarla erróneamente. La libertad envenenada por la sugestión del maligno le conduce a la desmesura de creer que por su propia fuerza puede satisfacer su hambre, su sustento, asegurar su existencia. Jesús responde a la tentación confiando en la Palabra de Dios. No somos nosotras las que sabemos cómo sustentar la vida, cómo saciar nuestras necesidades. No somos la fuente de nuestra vida, está en otro sitio, está en Dios.

Aceptar esta primera forma de pobreza: No ser yo la que sé por dónde tienen que ir las cosas para que mi vida está alimentada, subsista y no me muera de hambre. Esto es experiencia de Dios: nuestra libertad, nuestra fe se reafirman en la Palabra de Dios que es pan para los humanos, nos sacia en nuestra más hondas aspiraciones. (recordar la dinámica de la lectio divina) Creerlo desde la experiencia de hambre y esperar libremente en Dios, es experimentarlo.
Aquí cada una puede recordar o descubrir su propia tentación, qué clase de pan estoy yo tentada a procurar por mi cuenta para no morir de hambre, qué necesidades procuro yo satisfacer por mi cuenta: un destino concreto, un cargo, un trabajo, formación profesional etc., relaciones personales, objetos "necesarios", vestidos, vacaciones, descansos, retiros, libros etc. etc. Todo esto en el fondo es no aceptar el amor de Dios, no aceptar que él sólo es la fuente de vida del hombre, es querer hacer la experiencia de Dios desde mi propia iniciativa.
"Después el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios, tírate abajo; porque está escrito: Dará órdenes a sus ángeles para que te lleven en brazos, de modo que tu pie no tropiece en piedra alguna." Jesús le dijo: También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios." (ib.) La tentación consiste en que queremos ser fuertes desde nuestra propia fuerza. Utilizar a Dios para quedar nosotras en evidencia de grandeza y poder, pero no tanto en el sentido de orgullo o fanfarronería, sino más hondamente: como salida a nuestra pobreza existencial. La tentación consiste en no aceptar que la condición humana nos hace caminar sobre abismos sin que ninguna otra mano fuera de la de Dios nos pueda guardar y salvar. Jesús resiste a la tentación aceptando esta pobreza de la persona humana. Jesús, en su encarnación se ha tirado abajo, hasta el abismo de ser hombre, un hombre cualquiera, no ha retenido ávidamente su condición divina. Ha pasado por el abismo oscuro de la pobreza humana. Ha confiado en Dios, no para que le ahorrase este abajamiento, sino precisamente para posibilitarnos a nosotros la experiencia de un Dios que es en si pobreza, que se abaja hasta nuestra pobreza. Nos hace posible experimentar a Dios en el desierto de nuestra miserable situación, personal y colectiva. Jesús ha experimentado en todo nuestras flaquezas, menos en el pecado (cf Hb 4,15)

Quizá estemos en un momento en que nos toca dejarnos caer en las manos de Dios, sin tener ninguna evidencia de su salvación o que la "salvación" no se verifica según nuestros deseos, sino por caminos de sufrimiento, inseguridad y abandono.
"De nuevo lo llevó consigo el diablo a un monte muy alto, le mostró todos los reinos del mundo con su gloria y le dijo: Todo esto te daré, si te postras y me adoras. Entonces. Jesús le dijo: Márchate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él le darás culto." (Mt 4, 8-10) En el fondo, las tres tentaciones de Jesús nos quieren presentar la innata tendencia de la persona humana de hacerse un Dios, de adorar a un Dios hecho a la medida de nuestro afán de no morir, de tener absoluta seguridad de SER. Poseer todo el mundo parece dar seguridad, adorar la riqueza como el dios que nos salva, no es sólo una imagen algo exagerada, nos confronta con la libre decisión de optar por un Dios pobre o por el dios de la mentira. El diablo no teme nada tanto como a Dios pobre, Dios que se manifiesta en la humildad, en la total dependencia del ser humana, en Jesús de Nazaret. Jesús, hasta la cruz tuvo que renovar y ratificar su libre obediencia y confianza en el Padre-Madre que entraña en su ser trinitario la pobreza de quien no tiene nada porque lo da todo en una relación amorosa absoluta.

Las tres vertientes de la misma tentación que Jesús vivió en el desierto nos confrontan con la POBREZA de nuestro ser y nos abren el camino, gracias a Jesús, a la confiada y fuerte obediencia a aquel Dios que él nos revela en su vida, su muerte y su resurrección. Creer, apoyarnos, confiar, amar y alegrarnos de un Dios que no tiene nada que ver con todo lo que en el mundo se tiene por poder, grandeza, perfección y riqueza, es una experiencia de pobreza total y a la vez de libertad total frente a la mentira del maligno. Experimentar esto y gozarlo en el desierto de nuestra vida concreta es el éxtasis de nuestra concreta encarnación personal (Menschwerdung) que Dios nos quiere regalar.
La pobreza es como la madre del triple misterio de fe, esperanza y amor. Pobreza y desierto llegan a ser casi sinónimos. Es el umbral de la auténtica encarnación, humanización de cada persona, el umbral donde llegamos a ser lo que somos y donde nos encontramos con Dios. En la pobreza podemos experimentar a Dios, en ningún otro lugar. Y Dios -la encarnación en Jesús de Nazaret nos lo manifiesta- sólo llega al hombre en la pobreza. Ella es el lugar de "tránsito comercial" ("puerto de mercancías") entre cielo y tierra, lugar del encuentro entre Dios y el hombre. (aquí se podría contemplar a María, la pobre de Yahve)

3. El desierto, lugar de mi pobreza, lugar de mi experiencia de Dios
Las reacciones de Jesús a las tentaciones nos muestran una imagen del hombre y de Dios que está totalmente marcada por la pobreza. El diablo no teme nada tanto como un Dios que se hace "esclavo", que comparte hasta el final la fragilidad humana. Y el arma constante del diablo y su intento permanente es hacer creer a la persona que puede ser fuerte y grande como Dios desde su propio esfuerzo. Quiere hacer creer a Jesús que el camino de la encarnación no pasa más que por la tangente de la condición humana, como si Jesús como Hijo de Dios sobrevolara el abismo de la humanidad sin meterse a fondo y le sugiere salvarla por obra de magia que no por la solidaridad absoluta.
Los siguientes puntos pueden ayudaros en este día a descubrir alguna faceta de vuestra realidad personal, donde existe la tentación y la respuesta a ella. No es mi intención que fuera una especie de examen de conciencia moral. Más bien un darnos cuenta cuál es la imagen de Dios, cuál es el Dios que experimento, cuándo me encuentro conmigo y con él, en el desierto de mi libertad y mi responsabilidad únicas.
1. Ante mis más hondos anhelos, ante los deseos de felicidad, de respuesta a lo que se mueve en lo más íntimo de mi corazón, ansia de ser amada y amar, de encontrar el sentido profundo de mi existencia, ¿me entrego al misterio del amor de Dios que sobrepasa todo, del que no puedo disponer pero al que me confío radicalmente, desde mis raíces? Quedo como escondida ante mí misma al experimentar que no tengo consistencia fuera del abandono total en Dios. Es una forma de "éxtasis". Toda la vida consiste en dejarse arrebatar a uno mismo en este éxtasis, para escuchar o obedecer libremente a nuestra condición de no ser más que en el SER que es el Dios de N. S. Jesucristo. Aceptar esto es vivir el éxtasis de la condición humana que los místicos en fenómenos extraordinarios experimentan como salida de si mismos y unión total con Dios, experiencias que no son más que símbolos o imágenes del éxtasis primordial que es la vida humana. "En una noche oscura, con ansias en amores inflamada, oh dichosa ventura, salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada." (Noche oscura, S. Juan de la Cruz)
La contraportada de esta actitud es el intento de buscar las respuestas en otra cosa, fuera de Dios. Aquí vienen todas las actitudes de nuestro corazón: ansia de reconocimiento, dominio, peculiaridades, poder, riqueza en su múltiples formas. Siempre que buscamos seguridad para nuestra íntima conciencia de no ser, en personas, circunstancias, cosas, nos cerramos de alguna manera el paso para la experiencia de Dios. Nos quedamos en el dios que nos presenta el diablo, el dios del poder y de la riqueza, no el Dios pobre de la encarnación.
El desierto, la nada, nos pueden poner delante con mucha claridad y de forma hiriente nuestra innata pobreza, lo deleznable que resulta ser persona humana. El desierto, si nos encaramos honestamente a él, acaba con la superficialidad, con las distracciones que nos alejan de la verdad de nuestro ser y nos deja desnuda ante lo que realmente somos: mortales, insignificantes, sólo relevantes para un Dios que comparte esta pobreza.
Hoy puede ser un día en que profundicemos en esta verdad y miremos de cerca nuestra respuesta. No tanto para enmendarnos, sino para crear la posibilidad de abrirnos de nuevo a lo sorprendente de una vida que recibe el horizonte luminoso e infinito del misterio de Dios, tal como Jesús lo aceptó en las tentaciones en el inicio de su vida pública.
4. Formas de pobreza o de desierto donde experimentar a Dios
La vida de cada día nos lleva al desierto silencioso, discreto pero real de la pobreza.

a) la pobreza de la vida "pequeña", insignificante, que no llama la atención a nadie, y menos a nosotras mismas. No tiene nada de heroica, tal vez tampoco nada de dramática, simplemente es vulgar, pequeña. Tiene el sello de lo simple, sencillo. Un ambiente vital donde no podemos hacer nada más que presentar a Jesús, nuestras manos vacías, nuestra mediocridad, sinceramente reconocida y presentada a Dios para que la transforme él si quiere, dejarnos purificar por él de nuestra vulgaridad, por los caminos que él escoge y no nosotras.

b) La pobreza de soledad, de la incomprensión, del aislamiento puede ser un desierto donde encontrar a Dios. En esta situación abrirnos a la esperanza en Aquel que tiene nuestra vida en sus manos amorosas, "contra toda esperanza" (cf Rm 4,18) como Abrahán.

c) La pobreza de experimentarnos en nuestra intangible singularidad, de la que no podemos huir, en momentos de intransferible responsabilidad que no tiene respaldo de nadie más que de nuestra conciencia y en que sólo tenemos a Dios por testigo y por apoyo. Nuestro misterio personal que nos confiere grandeza y soledad, nuestra misión que nadie puede garantizar y por quien nadie sale fiador más que Dios mismo y nosotros, en la que Dios se nos quiere manifestar como el único que sabe de nosotros hasta el final. Y la tentación de "hacer como todos", ir "al hilo de la gente", como dice Santa Teresa. (Habla del tema candente de la honra en la sociedad de fuertes discriminaciones entre cristianos viejos y nuevos etc. "Hablo ...del tiempo que me precié de honra sin entender qué cosa era, e íbame al hilo de la gente por lo que oía."cf CE 63,3) No llamar la atención para ahorrarnos complicaciones, aprovechar ocasiones para quedar "honrada".

d) La pobreza de nuestra personal libertad, lugar de experiencia de Dios. Entregarnos en libertad a una forma de vida, a una tarea concreta, a una persona, en fidelidad, renunciando a otras posibilidades y oportunidades a elegir, y cargando con nuestra personal responsabilidad sin aplausos de los demás. Si obramos en libertad, sólo dependiendo del Dios "pobre" como Jesús nos lo manifiesta en su vida, muerte y resurrección, nos alejamos de la tentación de querer contentar a todo el mundo, de querer aprovecharnos de los demás para nuestra seguridad, de la dependencia de las opiniones de los demás.
e) La pobreza de la muerte encierra en sí todas las formas de desierto que podemos experimentar en la vida y en la que podemos encontrarnos con la experiencia de Dios. En ella definitivamente vamos a experimentar a Dios y llegar a ser plenamente nosotras mismas en la pobreza absoluta, del todo aptas para recibir la plenitud de la riqueza de Dios. Perdemos todo, nuestro ser queda totalmente fuera de nuestro alcance, pero con la posibilidad de entregarnos libremente y para siempre al Padre por la fe, la esperanza y el amor.
5. La pobreza de la adoración
El desierto de la pobreza o la pobreza del desierto como lugar de encuentro con Dios es pues, el lugar de la ADORACIÓN. Todas las situaciones de desierto experimentadas como invitación al encuentro con Dios, nos llevan al "asombro", al silencio del estremecimiento ante Dios. Pueden ser los grandes acontecimientos interiores de nuestra vida: encuentros personales, pérdidas irreparables, gozos íntimos que transforman nuestra manera de ser, logros que nos manifiestan a las claras que el misterio de Dios está actuando en nosotras y no nuestro poder, llevan nuestro espíritu a un espacio de vacío y de silencio total, donde nuestra capacidad interior se nos manifiesta como el abismo donde se extiende el misterio divino. El alma de Jesús, el Espíritu de Jesús exhalada sobre nosotras desde la cruz nos hace escuchar la voz como de aguas caudalosas, cuando nuestra palabra queda enmudecida ante la Presencia y queda transformada en "música callada, y soledad sonora" (CB S. Juan de la Cruz) Los momentos de estremecimiento agradecido y mudo de nuestra existencia recobran la palabra por la fe en el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, se hace adoración. "Nadie va al Padre sino por mí." (Jn 14,6) Adorar a Dios en espíritu y en verdad (cf Jn 4, 23) significa confesar nuestra radical pobreza que también pertenece a Dios y desde él la vivimos. Nos desapropiamos incluso de nuestra pobreza para cantar con el salmista: "No a nosotros, Señor, no a nosotros, sólo a tu nombre da gloria, por tu amor, por tu fidelidad!" (Sal 113)
Tal vez puede parecer demasiado teórico todo lo que he ido apuntando. Mi intención era proponer algunos pensamientos, pocos, para que uno u otro pueda servir para este día de retiro. Puede que no sea más que ruido que hay que descartar para entrar en un breve espacio de tiempo -un solo día- en una situación de desierto.
Lo mejor sería que cada una, sobre el fondo de lo ya oído y vivido durante estos días, descubra simplemente, dónde está el lugar de su pobreza y ahí se esté en silencio y esperanza, resistiendo a la tentación y dejándose purificar por el Espíritu que la ha llevado al desierto.
Cristina Kaufmann
Carmelo de Mataró

EL DON QUE SE RECIBE EN LO ESCONDIDO

LA INTERIORIDAD EN LA BIBLIA


Dolores Aleixandre RSCJ

“A medida que envejezco voy valorando más y más el descubrimiento del propio lugar como medida de la madurez, como conquista fundamental de la sabiduría vital. Ese lugar no es un espacio público, es decir, no tiene nada que ver con el éxito social. Es un sitio interior, algo así como una ligereza en la asunción de todas las capas de lo que uno es, aquellas que sé nombrar y aquellas para las que no tengo ni tendré nunca palabras. Es ese espacio íntimo desde el que no necesito preguntarme quién soy, ni representarme para los demás. Un lugar de serenidad probablemente inalcanzable desde el que se deben entender los secretos de la muerte y de la vida”[1].

Ignoro si la autora de estas palabras ha leído alguna vez el sermón del monte en el evangelio de Mateo y más bien me inclino a pensar que no. En todo caso, resulta significativa su coincidencia con lo que allí leemos:
Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, porque les gusta plantarse de pie para orar  en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para hacerse ver por la gente: os digo de verdad que ya han conseguido su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, cerrando la puerta, ora a tu Padre que está en lo escondido. Y tu Padre que mira en lo escondido, te devolverá[2](Mt 6,5-6).

También aquí aparecen contrapuestos dos escenarios muy diferentes: uno exterior, en un plural que incluye lugares religiosos y profanos, y otro interior, expresado con un término griego peculiar, tameion, que puede significar tanto la pequeña despensa de una casa como la habitación única de la casa judía. En cualquier caso está en oposición al espacio público y lo que se subraya es lo escondido.
Otro contraste intencionadamente buscado es el de los hipócritas, un colectivo presentado un poco ridículamente, frente al singular y directo  tú.  A los primeros los ve la gente, al verdadero destinatario de la enseñanza sólo lo ve el Padre. Hay un juego de palabras significativo: en el término griego hipócrita está presente el verbo cripto, esconder, y es precisamente a lo escondido donde hay que acudir para orar.
Los verbos que indican la postura y la actitud están también cargados de intención: estar plantado en pie (una postura estática y desafiante) frente a entrar (un gesto dinámico marcado por la preposición que indica un movimiento en dirección a algo).
Tanto los hipócritas  como el tú consiguen una recompensa (salario, paga, premio...) pero ahí aparece una absoluta diferencia: de los primeros se dice que la consiguen (o que se apoderan de ella), hasta el final son ellos los protagonistas y actores (nunca mejor dicho...). Ya se han ofrecido en espectáculo y se quedan satisfechos porque lo que iban buscando era verse reflejados en la mirada de los demás y obtener así un crecimiento en su propio prestigio.  En cambio, el  que entra en su aposento y cierra la puerta, deja atrás el mundo de los reflejos y se adentra en una oscuridad en la que ya no es observado por nadie de fuera: ahora sólo está expuesto a la mirada del único que ve lo escondido.

Imposible encontrar mejores imágenes para expresar lo que es la interioridad  en la Biblia. Vamos a seguir la pista a ese ámbito de lo escondido y a sus caminos de acceso para  tratar de descubrir en qué consiste el don que se recibe ahí.


1. El ámbito de lo escondido

¿Cuáles son los antecedentes bíblicos de ese lugar escondido ? ¿Privilegia el AT algún espacio interior y oculto que favorezca el encuentro y la relación interpersonal?

 Un término hebreo, qereb, evoca el centro de un ser vivo, lo que hay dentro de él: vísceras, entrañas, interioridad e intimidad. El tema del centro es recurrente: Sofonías visualiza una Jerusalén con “el Señor justo  en su centro”, pero invadida también por ocupantes indeseables: príncipes rugientes como leones, jueces como lobos hambrientos, profetas que fanfarronean y sacerdotes que violan la ley. Presentimos una lucha por ocupar el espacio, pero al final se escucha una promesa que devuelve el ánimo: “Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde... El Señor ha echado a tus enemigos. No temas, Sión, el Señor tu Dios es dentro de ti un soldado victorioso...” (Sof 3, 3-4; 12-17).

Tanto en las narraciones como en la poesía encontramos “lugares de centramiento”: los pozos, la tienda de la reunión, el Sinaí,  el templo, Sión... El arca,  lugar de las manifestaciones divinas, se situaba a diferencia de la nube, en medio del pueblo.
Al presentar a Esaú y Jacob, el narrador puntualiza que mientras que Esaú  era experto cazador y por lo tanto hombre de grandes espacios, Jacob  era un hombre de interior que permanecía voluntariamente sentado en su tienda (Cf. Gen 25,27). Y es que la tienda es un lugar íntimo que oculta muchos secretos: Sara escuchaba dentro de ella las palabras de los misteriosos visitantes de Abraham (Gen 18, 11) y será en esa misma tienda donde introduzca Isaac a Rebeca al tomarla por esposa (Gen 24,67) .
“Me esconderá en lo escondido de su tienda”, afirma un orante para expresar su seguridad (Salmo 27,5), y el Señor hablaba con Moisés en la tienda del encuentro “como un amigo habla con su amigo”  (Ex 33,11). En una escena anterior le había ordenado esconderse en una hendidura de la roca para que no pudiera verle al pasar junto a él (Ex 33,22); quizá por eso elige Elías una cueva para esperar al Señor en el Horeb (1Re 19,9) y el autor del Salmo 84 compara al  templo con la casa que encuentra un gorrión o el nido donde la golondrina coloca a sus polluelos (Cf. Sal 84 4).
La novia del Cantar pide apasionadamente a su amado: ¡Ay, llévame contigo, sí corriendo, a tu alcoba condúceme, rey mío...! (Cant 1, 4) y afirma después: “Me introdujo en su bodega...” (Cant 2,4). Ella misma es para él “jardín cerrado y fuente sellada”  (Cant 4, 12).

Otro término, el más frecuente del lenguaje bíblico para hablar de interioridad, es  leb, corazón[3], sede del conocimiento y de la integración unificadora. “Se le paralizó el corazón en su interior y se quedó como de piedra” (1 Sm 25,37). Se habla del corazón de algo para referirse a esa realidad como desconocida e inabarcable:

“Tres cosas me son inalcanzables,
cuatro no llego a comprender:
el camino del águila en el cielo,
el camino de la serpiente sobre la roca,
el camino del barco en el corazón del mar
y el camino del varón en la doncella (Pr 30,18).
 Se nombran cuatro caminos que antes no se han surcado y que por lo tanto no se conocen de antemano. El corazón del mar se refiere a la inexplorable profundidad de la alta mar “Vosotros estabais al  pie del monte, mientras el monte ardía hasta el corazón del cielo” (Dt 4,11). Según 2Sm 18,14, Absalón cuelga del corazón de la encina, es decir del espeso ramaje interior.
Es un lugar inaccesible para los hombres pero no para Dios que  “conoce los misterios del corazón” (Pr 44,22). Ante Él están patentes “incluso el seol y el reino de los muertos, cuánto más los corazones de los hijos de los hombres” (Pr 15,11). “No te fijes en su aspecto ni en su estatura elevada, El hombre mira lo que está a los ojos, mientras que Yahvé se fija en el corazón” (1Sm 16,7). Corazón indica en estos casos lo profundamente oculto, lo opuesto a lo exterior.
Es la sede de los deseos ocultos, no expresados: 
“Le has cumplido el deseo de su corazón,
no le has negado lo que sus labios pidieron” (Sal 21,3)
Gracias a él se escucha y se discierne: cuando Salomón pide a Yahvé “un corazón que escuche” (1Re 3,9), está pidiendo que el mundo no sea mudo para él sino que le resulte inteligible. Es el  órgano de la voluntad, los planes, decisiones y las intenciones: a los colaboradores en la construcción de la tienda de reunión se los califica como gente “cuyo corazón se inclinaba a ello”, aludiendo a su disponibilidad; cuando David afirma:  “Tu siervo ha encontrado su corazón para orar en tu presencia” (2Sm 7,27) es como si dijera: “me he atrevido a...” y Qohélet recomienda:  “Marcha por el camino de tu corazón” (Qo 11,9). En él se guarda fielmente el tesoro del recuerdo: “Las palabras que hoy te ordeno, deben estar sobre tu corazón” (Dt 6,6), “átalas a tus dedos,  escríbelas en la tabla de tu corazón” (Pr 7,3).
Abrir el corazón es comunicar todo el saber:  “¿Cómo puedes decir que me amas si tu corazón no está conmigo? Ya te has burlado de mí tres veces y no me has dicho por qué tu fuerza es tan grande” (Jue 16,15). Sansón dice querer a Dalila pero su corazón no está con ella, es decir  no la hace partícipe de sus secretos.
Con el corazón se conoce y por eso la máxima promesa que Israel recibió del Señor fue ésta: “Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo” (Ez 36,26)
Por eso el sabio recomienda:
“Hijo mío, por encima de todo cuida tu corazón
porque en él están las fuentes de la vida” (Pr 4,23).

Pero no podemos olvidar que un israelita difícilmente puede distinguir entre exterioridad e interioridad, entre conocer y elegir, entre oír y obedecer. Frente a nuestro modo de pensar analítico y diferenciador, el pensamiento bíblico es sintético e integrador y considera las realidades no como totalmente independientes, sino como aspectos de una misma cosa. La antropología occidental establece una marcada dicotomía entre alma y cuerpo, espíritu y materia, interioridad y exterioridad, mientras que para la semítica la vida es indivisible y la esfera interior no se puede separar de la actividad externa: corazón y manos están unidos en un único todo. Por eso el pensamiento bíblico no se detiene tanto en distinguir entre acciones e intenciones del corazón, sino en el modo justo de vivir, porque todo lo que una persona piensa y siente penetra en todo lo que hace y a la inversa.
“Dios busca la participación del corazón porque necesita vidas vividas en armonía con El a través de acciones que se arriesguen a incorporar el amor del propio  corazón. El problema del corazón es habituar a la lengua y a  los sentidos a comportarse en armonía con su visión interior”.[4]
“Camina en mi presencia y sé íntegro” (Gen 17,1) ordenó el Señor a Abraham, y esa integridad o unidad de la persona pone en relación lo interior con lo exterior. A ese trabajo de unificación profunda es a lo que se refiere Lucas cuando dice que “María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19). El participio griego symballousa expresa el trabajo de la fe para reunir los datos de la realidad con la promesa recibida, para que la Palabra acogida y guardada en el corazón proyecte su luz sobre la opacidad de los acontecimientos.


2. Caminos de acceso


Según el texto de Mateo, para acceder a ese espacio secreto en el que ya no estamos más que bajo la mirada del Padre, hay que realizar un desplazamiento de lo exterior a lo interior (entra en tu aposento), y tomar después una decisión de ruptura y separación (cierra la puerta). A partir de ahí, se inaugura un nuevo modo de relación con el propio yo: el personaje público se ha quedado fuera y el sujeto que está “en lo escondido” ya no está bajo la mirada de otros, sino solamente ante la de su Padre.

Una decisión de itinerancia
¿Qué es lo que hay que dejar atrás y fuera? O lo que es lo mismo ¿de dónde hay que desplazarse, de qué lugares hay que escapar?
La tradición bíblica conoce bien, desde Abraham,  ese dinamismo de peregrinación que supone arrancarse de “la propia tierra” (Gen 12,1). Más tarde habrá que dejar atrás otros lugares de muerte: “¡Saca a mi pueblo de Egipto!”, ordenó Yahvé a Moisés (Ex 3,10); “¡Salid de Babilonia!” (Is 52,11), repitió muchos años más tarde por boca de un profeta en el exilio.
Pero mientras que aquellos lugares de opresión eran fácilmente reconocibles, otros eran  prometedores de seguridad engañosa y una de las constantes de la predicación profética es desenmascararlos: “¡Ay de los que se sienten seguros en el monte de Samaría!”  (Am 6,1); ¡Buscadme y viviréis! ¡No vayáis a Betel, no paséis a Gilgal, no vayáis a Berseba!”(Am 5,4), decía Amós denunciando la falsa tranquilidad  de los convencidos de estar plantados en lugares de salvación, e identificando ésta con un culto compatible con un lujo conseguido a través de la opresión de los débiles.
Hoy ya apenas sabemos por dónde quedan aquellos lugares de nombres extraños pero ¿no tendremos más de un “Betel” en los falsos caminos de interioridad que ofrece el mercado? ¿No descubrimos rasgos idolátricos en ciertas invitaciones a una espiritualidad escapada del mundo? ¿No suenan a burbujas insonorizadas que preservan y sustraen de lo que ocurre en el ancho mundo de Dios, con sus luchas y conflictos? El imperativo “¡Buscadme!” es difícilmente compatible con la ideología de la  autorrealización y con esa cultura del yo obsesionada monotemáticamente por el “¿qué sucede en mí?”, “¿cómo me siento?”..., un universo que gira en torno al propio yo y que aleja de la servicialidad y el interés por los otros.



 Una disposición a adentrarse en lo desconocido.
La llamada a salir del dominio de las apariencias y de las falsas imágenes del yo, supone que nos dirigimos hacia un adentro del que sabemos mucho menos que de las “sinagogas y plazas” del afuera. Las palabras del evangelio no son muy explícitas: sólo nos advierten de que es algo “escondido” y que, por tanto, queda fuera de nuestros controles y saberes.
Tuvo que aprenderlo Moisés en sus encuentros con el Señor “que descendía en una nube” (Ex 34,5), y también Salomón cuando en la inauguración del Templo “una nube lo llenó y los sacerdotes no podían oficiar a causa de la nube” (1 Re 8, 10). Y tuvo que aprenderlo de otra manera Elías al escuchar la voz de Yahvé no ya en terremotos, tormentas, fuegos o huracanes, sino en “la voz de un silencio tenue”  (1 Re 19,12).
El orante del Salmo 73 se debate con las preguntas  que le despierta la prosperidad de los malvados frente a la situación desastrosa de la gente buena y se desespera al no encontrar respuesta. Pero, de pronto, se le abre una brecha de luz en medio de su oscuridad y encuentra la salida:
 “Me puse a pensar para entenderlo
  pero me resultaba muy difícil.
¡ Hasta que entré en los secretos de Dios...!”(Sal 73,17)

Muchos siglos antes de que se escribiera el evangelio de Mateo, alguien había hecho ya el recorrido de las apariencias a la autenticidad y había “entrado en lo escondido” del misterio de Dios, de esa otra dimensión que nunca podremos someter con nuestra mente inquisidora y clasificadora y que sólo atisbamos cuando rendimos nuestras resistencias a entrar en lo que nos desborda y renunciamos a nuestra avidez por saber y dominar.[5]
Lo sabía bien Gregorio de Nisa: “Los conceptos crean ídolos de Dios, sólo el sobrecogimiento presiente algo”. [6]
¿Cómo sucederá  esto?, decía María en la anunciación,  porque yo no conozco varón... (Lc 1,34). Y la respuesta que recibe es la de que será el Espíritu Santo quien “se hará cargo”. Las palabras que ella pronuncia al final. “hágase en mí...” revelan que dejado de lado el “saber” y ha elegido el dejarse llevar.


Un paciente aprendizaje del silencio
Al que ha entrado en “lo escondido” no parecen hacerle falta muchas palabras, como si la mirada del Padre acallara todas sus inquietudes y sosegara la agitación de su discurso.
“Cuando oréis, no habléis mucho...” (Mt 6,7), continúa la instrucción de Jesús acerca de la oración, haciéndose eco de la sentencia de Qohelet:
“No te precipites con tu boca
ni se apresure tu corazón a proferir una palabra ante Dios,
porque Dios está en el cielo y tú en la tierra.
Por tanto, sean tus palabras contadas” (Qo 9,17)

La exhortación al silencio en la presencia de Dios es frecuente en la Escritura:
“El Señor  está en su santo templo
¡Silencio en su presencia!” (Hab 2,20)

   “El Señor es bueno para los que en él esperan y le buscan;
   es bueno esperar en silencio la salvación de Dios” (Lam 3, 25)                                                     

   “Sólo en Dios descansa ( o “quédate callada”) alma mía,
de él viene mi esperanza” (Sal 62,1.6)

            “Juro que allano

y silencio  mi deseo.

Como un niño en brazos de su madre

como un niño sostengo mi deseo” (Sal 131,1)

La traducción literal del comienzo del Salmo 65 sería ésta:
                         “Para ti el silencio (es) alabanza” [7]

El relato de Génesis 24 presenta a Eleazar, el criado de Abraham, esperando junto al pozo de Aram Naharaim que Dios le dé a conocer cuál de las muchachas que llegan a sacar agua es la elegida para ser esposa de Isaac. Llega Rebeca y el narrador nos indica cómo acceder al conocimiento del designio de Dios:“El hombre la contemplaba en silencio para conocer si el Señor daba  éxito a su viaje” (Gen 24,21). La misma raíz verbal aparece en la narración del paso del mar:

 “Moisés dijo al pueblo: No tengáis miedo; estad firmes y veréis la victoria que el Señor os va a conceder hoy; esos egipcios que estáis viendo hoy, no los volveréis a ver jamás. El Señor peleará por vosotros; vosotros esperad en silencio”(Ex 14,13).


Cuando las narraciones de los sinópticos insisten en el silencio de Jesús durante su pasión (Mc 14, 61; 15,5 y par.), se diría que están contemplando al Siervo que ya no deja oír su voz en las plazas, sino que ha sido adentrado en lo escondido del dolor y  “él mismo en su silenciamiento hasta la muerte, deviene la parábola  que había predicado: resulta de la muerte como verbum crucis . Hace de su silenciamiento parábola inaudita de Dios”.[8]
Por eso, como dice Xavier Melloni, “tendríamos que aprender a callar. Pero no callar para quedarnos mudos, sino para quedarnos en silencio. Y es que hay un callar que procede de no saber qué decir y hay otro callar que procede de que hay tanto que decir, que nos sobrecoge y nos recoge y nos silencia para permitir que sea Otra Voz la que hable. Pero eso pide una obertura, una humildad, una confianza que, desgraciadamente, escasamente tenemos”.[9]
Pero el silencio no es un fin en sí mismo y en eso difiere la interioridad cristiana de las invitaciones a acallar pensamientos y emociones para adquirir la paz mental. Sin dejar de reconocer el valor de ese esfuerzo, el evangelio nos invita a descender a otro nivel más hondo en el que el silencio ya no es obra nuestra, sino fruto de la actitud de escucha y de honda disponibilidad que va haciendo desaparecer de nosotros todo lo que se opone al deseo del Padre. Y ese silencio en el que ya no hay nada de artificial, nace de una comunión real de nuestro corazón profundo con Su voluntad.


3. El don que se recibe en lo escondido

Las palabras de Jesús, además de la contraposición entre exterioridad / interioridad, ponen un claro acento en la recompensa: ya han conseguido su recompensa / tu Padre te devolverá..
Si exploramos esa “recompensa” que se recibe en la interioridad, podemos llamarla con  estos nombres:

La experiencia de ser atraídos
El texto está marcado por imperativos: entra, cierra, ora... Y eso quiere decir que la iniciativa no parte de nosotros sino de Otro que es quien llama, invita y atrae: "Nadie puede acudir a mí si no lo atrae el Padre que me envió" (Jn 6,44). Tenemos secretas resistencias a creer que somos deseados por Dios y a que sea Él quien busque nuestra presencia y, sin embargo es de eso de lo que quieren convencernos los autores bíblicos, desde el Génesis al Apocalipsis: “Oyeron los pasos del Señor que se paseaba por el jardín al fresco de la tarde y el hombre y su mujer se escondieron de su vista entre los árboles del huerto. Pero el Señor Dios llamó al hombre diciendo ¿Dónde estás?”(Gen 3,8-9).
"Mira que estoy a la puerta llamando: si uno me oye y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos" (Apoc 3,20).

Tanto en este último texto como en el de Mateo aparece una puerta separando dos ámbitos: el de fuera y el de dentro.  En Apocalipsis habla el “Amén, el testigo fiel” que está “fuera” y llama  a “abrir” esa puerta que le separa del que está “dentro” (la Iglesia de Laodicea), mientras que en el de Mateo, Jesús invita a  “cerrar” la puerta. En ambos casos, el encuentro tiene lugar en el espacio interior y las imágenes para expresar la intimidad son la de una cena juntos o la de un  intercambio de mirada y palabras.
La experiencia de atracción desemboca en el descubrimiento de estar habitados y de que, cuando llegamos a contactar con nuestro corazón, Alguien nos está esperando. “Hijas, que no estáis huecas”, decía Santa Teresa[10]. Estamos “habitados”, no vacíos; no llegamos los primeros ni estamos nunca solos:“Mi Padre y yo vendremos a él y haremos en él nuestra morada” (Jn 14,23). Por eso hacemos la misma experiencia de Jacob en Betel: “Verdaderamente, el Señor estaba en este lugar y yo no lo sabía” (Gen 28,16)...
A partir de esa convicción de fe, podemos perder el  miedo a contactar con todo lo que  en nosotros es oscuro, desordenado o inquietante: ”No habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos que nos permite clamar Abba, Padre (...) El Espíritu se hace cargo [11]de nuestra debilidad porque nosotros no sabemos pedir como conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8,15. 26).
El Espíritu “derramado” en nosotros hace posible una aceptación positiva de nuestra condición frágil y limitada  porque, al “hacerse cargo” de ella, hace posible que dejemos de considerarla como un obstáculo entre Dios y nosotros. Y llegamos a alegrarnos de  no ser ni “puros espíritus” ni “espíritus puros” sino algo mucho mejor: hijos del Padre capaces de hacer la misma experiencia que hacía presentir a Ignacio de Antioquía “una fuente de agua viva que murmura en mi interior y me repite: Ven al Padre...”. [12]


La oportunidad de un comienzo absoluto
“Cierra puerta”: algo en la expresión nos permite visualizar la interioridad como un espacio de inviolable intimidad, inaccesible para los otros y cuya posibilidad de ser conocido o compartido queda absolutamente en manos de nuestra libertad. Soy yo quien decide quién y qué puede entrar en ese espacio y por eso la “puerta” juega un papel liminal. “Una persona se distingue esencialmente de una cosa por un cierto mundo interior que convierte cualquier tentativa que trate de exponerlo a una coacción exterior, en una verdadera profanación. (...) La inviolabilidad es una vocación que ha de realizarse y no un bien adquirido. (El sujeto) aparece remitido a sí mismo para recrearse, liberándose de todo aquello que le impediría ser origen de ese yo a través del cual se afirma a sí mismo”[13].

Sólo ahí es posible un nuevo comienzo, sólo desde ahí somos capaces de hacer verdaderas opciones: el hijo menor de la parábola no se pierde de manera “inocente”, como la oveja o la moneda de las otras parábolas: aparece como exigente, duro, derrochador, degradado al cuidar cerdos, calculador a la hora de su retorno. Cuando llega hasta el  fin de sus iniciativas, descubre que no le eran suficientes y que se ha destruido a sí mismo: se ha transformado de “hijo” en “porquero” y de “heredero” en “compañero” de los cerdos. No le queda nada de lo recibido y su deseo está orientado hacia el alimento, no al encuentro con su padre. Todo el ámbito de la exterioridad le es hostil y es precisamente en eso momento cuando aparece el “punto de inflexión” de la historia: “Entonces, entrando en sí,  se dijo: Me pondré en camino a donde está mi padre...”(Lc 15,17). Es en su interioridad donde encuentra la memoria de cómo es la vida en la casa de su padre y de donde le nace el deseo de volver a ella. Y el que aparecía marcado por la muerte, inexistente y perdido, es encontrado y entra finalmente en la vida.
Otra escena del evangelio describe de otra manera ese nuevo comienzo:
 Salió de nuevo por la orilla del mar, toda la gente acudía a él, y él les enseñaba.  Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado a la mesa de los  impuestos, y le dice: «Sígueme». El se levantó y le siguió. Y  estando él a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos, pues eran muchos los que le seguían (Mc 2,13-15).
Leví, que estaba también “fuera” y solo, entregado por entero al mundo de las transacciones, escucha una llamada de Jesús,  le da su asentimiento y abandona la mesa donde cobraba sus impuestos. El seguimiento en el que se ha embarcado lo lleva “dentro” y le sitúa ahora sentado junto a Jesús y a otros muchos en otra mesa alrededor de la cual da comienzo una etapa nueva hasta ese momento desconocida: la de la gratuidad, el perdón, la alegría y la fiesta compartidas (Cf Mc2,13-15).


El descanso de ser nosotros mismos
“Plantarse en las esquinas de la plazas para ser vistos” tiene el efecto perverso de que la propia vida llegue a depender sólo de estímulos externos y de cómo nos valoren los demás. Caemos en la servidumbre de la exterioridad y nuestro proceso vital se detiene.
El movimiento al que nos invita la enseñanza de Jesús parece implicar una renuncia a ese tipo de salario y a las recompensas de la aprobación ajena. Hay que abandonar todo eso, como abandonaron los primeros discípulos sus redes y su barca; hay que “vender” todas esas posesiones de “parecer” para poder comprar el campo de la interioridad en que se esconde el tesoro (Mt 13,46). Se diría que el acento está puesto  en la renuncia, pero la fuerza de los verbos de los que el Padre es sujeto “mira”, y “devuelve”, nos invitan a pensar en otra dirección.
Se nos invita a un trueque en el que arriesgamos pérdidas: cambiar la mirada de muchos por la de uno solo; salir de la luminosidad de las plazas para adentrarnos en la oscuridad de lo escondido. Pero la invitación encierra una secreta ganancia: la posibilidad de vivir desde lo que realmente somos, desde aquello que nos da identidad y consistencia.
Todo puede invertirse si llegamos a experimentar el hambre de otra cosa, lo mismo que al hijo menor de la parábola. Descubrimos que las “plazas” no nos dan más que apariencia de estabilidad pero que nos dejan sin suelo bajo los pies.
Pedro Salinas describe poéticamente esa diferencia entre el “personaje” y el verdadero yo:
Ahí, detrás de la risa
 ya no se te conoce.
Vas y vienes, resbalas
por un mundo de valses
helados, cuesta abajo;
y al pasar, los caprichos,
los prontos te arrebatan
besos sin vocación
a ti, la momentánea
cautiva de lo fácil.
“¡Qué alegre!”, dicen todos.
 Y es que entonces estás
queriendo ser tú otra,
 pareciéndote tanto
a ti misma, que tengo
miedo a perderte, así.

Te sigo. Espero. Sé
que cuando no te miren
túneles ni luceros,
cuando se crea el mundo
que ya sabe quien eres
y diga: “Sí, ya sé”,
tú te desatarás,
con los brazos en alto,
por detrás de tu pelo,
la lazada, mirándome.
Sin ruido de cristal
se caerá por el suelo,
ingrávida careta
inútil ya, la risa.
Y al verte en el amor
que yo te tiendo siempre
como un espejo ardiendo,
tú reconocerás
un rostro serio, grave,
una desconocida
alta, pálida y triste
que es mi amada. Y me quiere
por detrás de la risa.[14]

“Al verte en el amor que yo te tiendo siempre”... Es ese amor tendido hacia nosotros en la mirada del Padre lo que hace caer el fardo del "personaje" que llevamos a cuestas y nos hace experimentar la asombrosa libertad de no tener que representar papeles, ni acumular méritos, ni disimular pobrezas. Y al mostrarnos como realmente “somos”, es decir, como hijos, en vez de como “parecemos”, podemos acoger como pronunciadas también sobre nosotros las palabras del Padre sobre Jesús: Tú eres mi hijo querido, mi predilecto. Y entonces, la seguridad de ser así queridos nos llega más hondo que cualquier sentimiento de culpabilidad, desconfianza o recelo. Y a partir de nuestra condición de hijos amados, nos sentimos abrigados y a salvo “en lo escondido”,  envueltos en la protección cálida de un amor que nos acoge y nos posibilita la existencia y el crecimiento. Conducidos por el Pastor hemos llegado, por fin, a “las aguas del descanso” (Sal 23,3) .


La experiencia del desbordamiento
“Tu Padre que ve lo escondido, te devolverá ( te dará con creces)”. La relación con el Padre aparece marcada con el signo de la reciprocidad, como si por el gesto de entrar y cerrar la puerta, obedeciendo a la invitación de Jesús, el Padre se convirtiera en nuestro “deudor”. Es la misma convicción del autor de la carta a los Hebreos: “Al que sale al encuentro de Dios,  le es preciso creer que existe y que no deja sin recompensa a los que lo buscan” (Heb 11,6). El infrecuente término griego, misthapodotes, que podría ser traducido por  “dador de recompensa”, evoca sugerentes imágenes que permitirían hacer la siguiente paráfrasis:  “Si te decides a buscar a Dios, puedes hacerlo con la seguridad de que Él nunca dejará sin respuesta tu búsqueda”. Y yendo más lejos en el imaginario: “En tu búsqueda, no te sientas como si estuvieras lanzando pelotas contra el muro de un frontón; tu juego se parece más a una partida de tenis en la que, del otro lado de la red, un experto Jugador está atento a cada uno de tus movimientos para responder a ellos”.
Estamos ante una “maqueta” del proceso de la fe que se repite una y otra vez en toda la Biblia:   en su inicio existe siempre una palabra pro-vocadora que parte de la absoluta gratuidad de Dios: “Sal de tu tierra” (Gen 12,1), “ Extiende tu mano sobre el mar” (Ex 14,16) “Yo estoy contigo para librarte” (Jer 1, 8) “No temas Maria, vas a concebir y a dar a luz un hijo...”(Lc 1,30); “No temas, basta con que tengas fe” (Mc 5,36); “Tú eres Simón, hijo de Juan,  tú te llamarás Pedro” (Jn 1,42); “Entra.., cierra...tu Padre te devolverá...” (Mt 6, 6).
La Palabra recibida abre ante el creyente posibilidades que no se pueden comprobar inmediatamente: a un oscura nómada, la posesión de una tierra ; al líder de un pueblo que escapa de la esclavitud, atravesar un mar amenazador; a un profeta tembloroso, experimentar en medio de los conflictos una fuerza que no es suya; a una muchacha de un pueblo perdido de Galilea, llegar a ser madre del Mesías; a Jairo, la afirmación insólita de que su hija muerta sólo está dormida; a Simón, la promesa de una consistencia que le llevará más allá de su condición frágil; al buscador de prestigio y gratificaciones, un amor incondicional.
 Nada de lo que se les prometía era verificable pero en eso consiste el “juego” de la fe: “Si no os apoyáis en mí, nunca vais a experimentar que sois sostenidos” (Is 7,9), decía el Señor a Acaz, Un abismo de aguas profundas e infranqueables se abre ante el creyente que siente su imposibilidad de cruzarlo sin perder pie. Como única garantía cuenta con la palabra de otro que le dice: «No tengas miedo, hay roca debajo aunque no puedas verla, puedes atravesarlo apoyándote en ella...” y a partir de ese momento la decisión queda en sus manos. Puede preferir quedarse inmóvil, paralizado por el miedo a lo que aún no ha comprobado por sí mismo, aferrado a la seguridad que le ofrece la orilla familiar. O puede, apoyado en esa Palabra,  decidirse correr el riesgo de avanzar hacia lo desconocido.
Y será sólo allí donde hará la experiencia de que existe una Roca que sostiene a todo el que se atreve a apoyarse en ella y lo que encuentre desbordará siempre con creces su expectativa.

La llegada al lugar prometido

Cuando Jesús decía:“Me voy a prepararos un lugar” (Jn 14,2) ¿no era precisamente a éste al que se estaba refiriendo? Porque si consentimos a que, allá adentro,  la definitiva mirada sobre nosotros la tenga el Padre, entramos en un lugar en el que ya no se  “gana” ni se “obtiene”, sino que se  “recibe” la certeza de ser plenamente acogido, de no ser juzgado, ni condenado, ni comparado.
 Al emigrar  de los viejos suelos que sustentaban nuestro yo,  nos encontramos anclados en otro centro y respirando otro aire. Y frente al desgaste de la avidez y de la apropiación,  la experiencia del don inmerecido de la relación filial, nos aquieta y ensancha el corazón.
“Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador
 porque ha mirado la humillación de su esclava”
canta María en el Magnificat (Lc 1,48), reconociendo que en  esa mirada está la fuente de su júbilo. Pero ella, sin detenerse ahí, vuelve sus ojos allí donde Dios los tiene puestos, y contempla la historia con la misma mirada en la que se ha sentido envuelta.
Vuelve a “las plazas” de la realidad con unos ojos nuevos y junto a un realismo consciente de la precariedad de las cosas y de la dureza de la vida: hay hambrientos, pobres y humillados; hay ambiciones y poderes opresores que son su causa. Pero ella no se deja engañar por las apariencias, sino que es capaz de perforar la realidad y ver las cosas, las personas y las relaciones tal como Dios las ve. Y por eso se adelanta a contemplar a los hambrientos ya saciados, a los humildes y abatidos exaltados y a los ricos y poderosos despedidos con las manos vacías.
La exterioridad vacía y sus relaciones de apropiación han perdido su poder de seducción y han dejado al descubierto sus trampas. El que retorna a ella después de haber estado “en el lugar del Hijo”[15], lleva grabadas en el corazón “las marcas de Jesús” (Gal 6,17) que hacen de él un hijo y un hermano. En contacto con el Padre ha saboreado lo que es una relación de alteridad y es ese tipo de encuentro el que ahora va buscando.

“A quien tiene a Dios en la lengua, todo le sabe a Dios”, decía Taulero.
 A quien sabe vivir desde lo escondido bajo la mirada del Padre, todos se le vuelven hermanos.
















[1] Rosa Montero, “En busca del lugar”, El País Semanal 7 XI 99

[2] A la acción de dar (didomi) , se responde con la de “devolver” (apodidomi). La preposición le da también un tono intensivo que permitiría traducirlo como  “devolver con creces” .
[3] Cf.H.W.Wolff, Antropología del Antiguo Testamento, Salamanca 1975, 63-86
[4]  A.J. Heschel, Dio alla ricerca dell’ huomo, Turín 1969, 331

[5] U.Eco pone estas palabras en boca de uno de sus personajes de El nombre de la rosa: “Cuanto más viejo me vuelvo, más me abandono a la voluntad de Dios y menos aprecio la inteligencia que quiere saber y la voluntad que quiere hacer. Y el único medio de salvación que reconozco es la fe que sabe esperar con paciencia, sin preguntar más de lo debido”.

[6] PG 44 377B
[7] Así lo comenta Maimónides: “Habiéndose dado cuenta todos de que aún lo que tenemos la facultad de percibir de Dios no hay otro medio de percibirlo que la negación, y no dándonos a conocer la negación absolutamente nada de la realidad de la cosa a que se aplica, todos, antiguos y modernos, han declarado que las inteligencias no son capaces de percibir a Dios, que El solo percibe lo que es y que percibirlo es reconocer que se es completamente incapaz de percibirlo. Todos los filósofos dicen: su belleza nos deslumbra y se nos oculta por la misma fuerza de su manifestación, del mismo modo que el sol se vela a los ojos, demasiado débiles para percibirlo. Lo más elocuente  que se ha dicho en este intento son las palabras del salmista: “Sólo el silencio te conviene como alabanza (Sal 65,2); elocuente expresión de este concepto, pues digamos lo que digamos con el fin de exaltar y glorificar a Dios, le haremos con ello mengua y veremos en ello imperfección. Más vale callarse y reducirse a las percepciones de la inteligencia, como aconsejan los hombres perfectos diciendo: Pensad en vuestro corazón, en vuestro lecho, y guardad silencio (Sal 4,5). ( Guía de perplejos  1,59, Ed.D.GZ MAESO, Madrid 1984, 35)

[8] A.Alvarez Bolado, “El silencio de Cristo”, en El silencio, Compilación de C. Castilla del Pino, Madrid  1991, 176
[9] J.Melloni , El Ciervo, Noviembre 2000, 19

[10] “Hay otra cosa preciosa sin ninguna comparación dentro de nosotras que lo que vemos por fuera. No nos imaginemos huecas en lo interior (...) que tengo por imposible si trajésemos cuidado de pensar que tenemos tal huésped dentro que nos diésemos tanto a las vanidades y cosas del mundo, porque veríamos cuán bajas son para las que dentro poseemos” (Camino 48,2)
[11] El verbo que utiliza Pablo, synantilambanein es el que LXX utiliza en boca del suegro de Moisés cuando le recomienda: “La tarea es demasiado pesada para tus fuerzas (...) Busca algunos hombres capaces...y así os repartiréis la carga...” (Ex 18,22).La preposición syn evoca la idea de proximidad mientras que anti tiene el sentido de “en lugar de”.

[12] Carta  a los Romanos
[13] M.Zundel, Qué hombre y qué Dios, Madrid 2002, 38
[14] La voz a ti debida. Poesías completas (2), Madrid 1989, 35-36
[15] “La oración nos sitúa en el lugar del Hijo que vive vuelto al Padre, disponible y a la espera del Espíritu. Es más importante estar en ese lugar que descubrir lo que se encuentra en él. Y ahí, afrontar el silencio de Dios. El Espíritu Santo nos trae al Verbo cuando aceptamos no tener nada que decir ni que hacer” (Notas de unos Ejercicios de C. de Chergé, Prior trapense asesinado en Argelia en 1996).