30.3.11

Contemplar a Jesús para conocerlo internamente

Compañeros en el camino. Dolores Alexandre, Sal Terrae, 1995


A) PÓRTICO DE ENTRADA
Hay dos escenas en los evangelios que son como el preludio y el marco de lo que va a ser toda la vida pública de Jesús: el bautismo y las tentaciones. Podemos leerlas oyendo la misma «banda sonora», la misma melodía que escuchábamos en la etapa oculta de su vida. Y lo que se nos invita a descubrir en ellas es el manantial de donde brotan las actitudes, los gestos, las palabras que van a acompañar su vida itinerante.
Los narradores del bautismo (Mt 3,13-17; Mc 1,9-11; Le 3,21-22) intentan que sintamos cómo Jesús, envuelto en la ternura de su Padre, oye una afirmación emocionada como la que cualquier padre o madre de la tierra harían de un hijo suyo: «Hijo mío, ¡cuánto te quiero! Tengo volcado en ti todo mi amor y mi alegría. Te llevo en la niña de mis ojos y en mi corazón. Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío...»
Lo mismo que en Belén fue necesario que los ángeles «señalaran» en dirección al signo de un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre, ahora hace falta una voz que resuene por encima de este hombre, puesto como uno de tantos, en la fila de los pecadores y esperando ser bautizado por Juan. Pero eso «es cosa del Padre»; «lo de Jesús» es hacerse «en todo semejante a nosotros», hundirse en la masa humana. Y precisamente ahí ve «los cielos abiertos», es decir, toma conciencia de que entre él y su Padre fluye una co­municación ininterrumpida y única, y se sabe invadido y conducido por el Espíritu de ese Dios, al que puede llamar familiar e íntimamente: «!Abbá!»
Los textos sobre las tentaciones (Mt 4,1-11; Mc 1,12­ 13; Le 4,1-13) son una consecuencia de esto. «Ahí está el secreto de la fuerza que emanaba de él», parecen decimos los evangelistas: «por eso le encontráis aquí, como lo veréis en el resto de su vida, tan aferrado, tan adherido afectiva­ mente a lo que va descubriendo como el querer de su Padre, que es la vida de todos nosotros. Él no ha venido a preo­cuparse de su propio pan, sino de que comamos todos. No ha venido a que le lleven en volandas los ángeles, a acaparar fama y 'hacerse un nombre' (cf. Gn 11,4), sino a dar a conocer el nombre del Padre y a llevamos a nosotros sobre sus hombros, como lleva un pastor a la oveja que ha perdido. No a poseer, dominar y ser el centro, sino a servir y dar la vida»


B) EN EL UMBRAL DE LA ORACIÓN
La oración de este día (o de estos días) podría ser una pro­longación de la que se proponía en el cap. 7: «Tocar el Verbo de la Vida» y tratar de entrar en relación orante con Jesús a través de algunos de sus encuentros con hombres, mujeres, enfermos, gente perdida... Son iconos que no retienen nuestra mirada, sino que nos invitan a dirigida a los ojos y al co­razón, a la boca y a los oídos, a las manos y pies de Aquel que se acercó a ellos y transformó sus vidas.
1.      Lee Mc 1,29-31: al comienzo de la escena, vemos a una mujer postrada, separada, poseída por la fiebre. Al final, esa misma mujer, ya curada, está integrada en la comunidad y sirviendo a los demás, es decir, en ese lugar al que remite siempre Jesús a los que le siguen, porque ahí «se tiene parte con él» (cf. Jn 13,8). En el centro del texto está la clave de la transformación: «Jesús se acercó y, tomándola de la mano, la levantó».
Ø       Contempla esa mano tendida de Jesús. Es su primer gesto silencioso en el evangelio de Marcos, y en él se evoca como en esbozo todo lo que ha venido a ser para la hu­manidad caída: una mano tendida que nos agarra para sa­camos de nuestra postración, para libramos de nuestras fiebres, para conducimos hacia el servicio de sus hermanos más pequeños. «Había en él una fuerza para sanar...» (Lc 5,17).
Entra en el ámbito de esa fuerza, déjate levantar por esa mano, agradece la fuerza y la liberación que te llegan a través de ella. Pregúntate por el potencial que hay en las tuyas: ¿cómo fluye?, ¿hacia quiénes?, ¿retienen o entre­gan?, ¿hunden o levantan?...

2.      Lee en Mt 8,1-4 la curación del leproso. Toda la fuerza del texto está en el contraste entre, por una parte, el horror y el deseo de huida que produce la lepra y, por otra, la aproximación de la mano de Jesús hasta tocar a aquel hombre y limpiarlo.
Ø       Contempla esas manos de Jesús que no temen entrar en contacto con la suciedad, la podredumbre, la miseria humana...: todo aquello a lo que nosotros tenemos horror. Siente que su mano está tendida también hacia ti y que desea transformarte en alguien limpio, sano y libre. Déjate tocar por ella y pídele que te permita caminar a su lado para acercarte con él a tantos hombres y mujeres que son los «leprosos» de hoy y a los que él sigue queriendo tocar, bendecir, curar, devolver la dignidad.

3.      Lee Mt 9,9: el sujeto del primer verbo es Jesús: «vio a un hombre llamado Mateo». Ese hombre está pasivo, «sentado en el despacho de impuestos», atrapado por su condición de recaudador, atado a una profesión que le hace despreciable a los ojos de todos. Pero los ojos de Jesús han sabido ver más allá de las apariencias: han visto en el publicano a un discípulo, a un seguidor. Para esa mirada nadie está senten­ciado ni calificado definitivamente, sino que tiene el futuro por delante. «Sígueme», le dice; y «él se levantó y lo siguió». Mateo se ha sentido mirado por primera vez de otra manera: alguien cree en él y lo llama, y por eso se convierte en alguien dinámico que deja atrás su pasado, asume el protagonismo de su propia vida y se pone en marcha detrás del que fue capaz de mirarle así.
Ø       Contempla la mirada de Jesús sobre Mateo y siente que tú eres Mateo. Déjate mirar por unos ojos que ven en ti mucho más adentro de lo que ven los demás y de lo que tú ves de ti mismo. No se fija en tus defectos ni en tus incapacidades; no le preocupa lo que ya eres, sino que ve en ti todas las posibilidades escondidas que él mismo ha puesto en ti y que quizá tú desconoces. Fíate más de sus ojos que de los tuyos; cree que su mirada y su llamada pueden hacer de ti un discípulo. Pídele que te enseñe a mirar así a los demás, que te haga como él, incapaz de sentenciar a nadie, de condenar a nadie, de pensar de nadie que no es capaz de cambiar...

4.      En Lc 19,1-10 encontramos el icono de Zaqueo.
Ø       Lee despacio la escena sintiéndote dentro de ella: también tú acaparas muchas «riquezas injustas»: lo que sabes, puedes, tienes...; también tú quieres saber quién es Jesús; también tú eres «pequeño de estatura» para poder verle, y muchos tipos de «multitudes» te lo están impi­diendo; también tú estás tratando de poner algún medio para verle.
«Jesús, llegando a aquel sitio, alzó la vista...»
Antes de que os dijera a Zaqueo y a ti: «Baja pronto, que quiero hospedarme en tu casa», su mirada os ha ha­blado de acogida incondicional, de su deseo de encon­trarse con él y contigo, de la alegría que le da su presencia y la tuya, de las expectativas de amistad que tiene sobre él y sobre ti.
En su mirada no hay, en ese primer momento, ni exi­gencia, ni corrección, ni siquiera llamada a la conversión; tan sólo hay una oferta de perdón gratuito y una llamada a entrar en otro nivel de relación.
Deja que fluyan en ti el agradecimiento, la alegría de ser mirado así, de recibir esa llamada a una mayor intimi­dad. Sé consciente de que la transformación de Zaqueo, su conversión a la justicia y la generosidad nacieron de ahí. Ponte delante de Jesús con «todos tus bienes» y dile qué quieres hacer con ellos. Escucha como pronunciadas para ti las palabras de Jesús:
«El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido...»

5.      Entre todas las palabras que pronunciaron los labios de Jesús, vamos a escuchar algunas que giran en tomo a dos temas que parecen contradictorios y no lo son: el ánimo y la exigencia. Están tomadas del evangelio de san Lucas (en algún rato de lectura podrías ir buscando las de otro evan­gelista):
Ø       Ponte delante de Jesús, consciente de que necesitas sus palabras de consuelo y de aliento, y trae contigo a la oración a tanta gente abatida, desalentada, desesperan­zada, herida... Escucha con el corazón unas palabras que nacen de la misión que el Padre ha confiado a su Hijo y que el Segundo Isaías expresa así:
«Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios...»
«El Señor me ha dado una lengua de discípulo para que haga saber al cansado una palabra alentadora» (ls 40,1; 50,4).
«No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros el Reino» (Lc 12,32).
«No necesitan médico los sanos, sino los que están enfermos. No he venido a llamar a con­versión a los justos, sino a los pecadores» (Lc 5,32).
«Hija, tu fe te ha sanado; vete en paz» (Lc 8,48).
«Tus pecados te quedan perdonados» (Lc 5,23).
«Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido» (Lc 15,6).
«Hoy ha llegado la salvación a esta casa» (Lc 19,8).

6.      Recordando de nuevo la expresión de Mons. Angelelli, a Jesús lo encontramos siempre con un oído puesto en el Padre y otro en la gente:
«De madrugada, muy oscuro todavía, se levan­tó. Salió y se fue a un lugar solitario, y allí es­tuvo orando» (Mc 1,35).
Ø       Revive internamente la escena, trata de visualizarla en todos sus detalles. Tú también estás ahí en esa madru­gada, inmerso en la oscuridad que aún envuelve las casas de Cafarnaüm. Tu mirada apenas distingue la sombra de Jesús, que sale silenciosamente de una de esas casas; pero tus oídos atentos escuchan el leve rumor de sus pisadas.
Vas detrás de él calladamente hasta el lugar en que va a ponerse a orar. Contempla su actitud, su postura; trata de intuir qué palabras del Padre está escuchando: «Tú eres mi hijo amado, en ti tengo puesta toda mi complacencia...»
Escúchalas como dirigidas también a ti ya cada uno de tus hermanos.

7.      Hablar de los pies de Jesús es hablar de su camino y de su búsqueda, de su cansancio y de su decisión de llegar hasta el final. Se detuvieron junto al pozo de Siquem para esperar a la mujer samaritana (Jn 4,5), y a la salida de Jericó para aguardar a Bartimeo (Mc 10,46); le llevaron al Tabor en un momento de luminosidad y transfiguración, ya Jerusalén, a pesar del peligro que allí le acechaba. Una mujer los ungió con perfume (Le 7,36-50); dos de ellas, María Magdalena y la otra María, cuando él les salió al encuentro en la maña­na de la resurrección, «se asieron a sus pies y lo adoraron» (Mt 28,9).
Ø       Acércate también tú a contemplar los pies de Jesús y a bendecirlos, a abrazarlos y a ungirlos. Trae contigo todo tu agradecimiento por las veces que han salido en tu busca hasta encontrarte, porque te han esperado en las encru­cijadas de tus caminos, porque han marchado delante de ti cuando no sabías por dónde ibas, detrás de ti para de­fenderte del peligro, junto a ti cuando te creías solo...
Da gracias al Padre por este caminante infatigable que nos ha regalado en su Hijo. Háblale de tu deseo de recorrer sus mismos caminos y de no cansarte de estar, como él, lavando los pies de los que están más agotados.

8.      El término corazón es una de esas palabras que hacen referencia a la totalidad de la persona, a su centro original e íntimo, allí donde se configuran sus comportamientos. Po­demos conocer el corazón de alguien a través de dos de sus emociones básicas: la compasión y la alegría. En Mc 6,34 leemos:
«Al desembarcar, vio a mucha gente y sintió compasión de ellos, porque estaban como ove­jas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles largamente».
Ø       Mézclate con aquella gente, siéntete envuelto en la mirada cargada de ternura y de acogida de Jesús. No te hace ningún reproche, no te señala nada negativo, no te exige que hagas esto o lo otro... Tan sólo te mira y te acepta tal como eres. Respira hondo y déjate invadir por la paz de esa acogida incondicional. Da después un paseo tratan­do de mirar a la gente como lo haría Jesús. En Mt 11,25-27 leemos:
«En aquel momento, Jesús se llenó de alegría en el Esprritu Santo y dijo: 'Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocul­tado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, eso es lo que te ha parecido bien...'»
Ø       Acércate a Jesús, que quiere comunicarte que la fuente de su alegría consiste para él en coincidir con el Padre en su preferencia por los pequeños. Pídele que te dé parte con él en esa «afinidad» que es el secreto de su gozo y que puede serio también del tuyo...

9.      En el Magnificat, después de sentirse mirada por Dios, también María contempla el mundo con los ojos de Dios y descubre, por debajo de las apariencias, cuál es el fondo de la realidad y el sentido de la historia humana, y es su mirada contemplativa la que le revela hacia dónde se inclinan el corazón y las preferencias de ese Dios que nunca es imparcial.
Ø       Acércate a María y pídele que ella, que conoció me­jor que nadie a Jesús, te contagie su manera de mirar y de proclamar:
«A los hambrientos los colma de bienes..., enaltece a los humildes..., se acuerda de su misericordia…»


C) OTROS CAMINOS DE BÚSQUEDA
1. Se llama Jesús
«Dios ha venido a casa, desdiciéndose de su gloria.
Ha pedido permiso
al vientre de una niña sacudida por un decreto del César
y se ha hecho uno de nosotros:
un palestino de tantos en su calle sin número,
semi artesano de toscos quehaceres,
que ve pasar los romanos y los vencejos,
que muere, después, de mala muerte matada,
                                                        fuera de la Ciudad.

Ya sé
que hace mucho
                            que lo sabéis,
                                               que os lo dicen,
que lo sabéis fríamente,
porque os lo han dicho con palabras frías...

Yo quiero que lo sepáis
de golpe,
                   hoy, quizás
por primera vez,
absortos, desconcertados, libres de todo mito,
libres de tantas mezquinas libertades.

Quiero que os lo diga el Espíritu
                   ¡como un hachazo en tronco vivo!
Quiero que lo sintáis como una oleada de sangre
en el corazón de la rutina,
en medio de esta carrera de ruedas entrechocadas.

Quiero que tropecéis con él
como se tropieza con la puerta de Casa,
retornados de la guerra bajo la mirada
y el beso impaciente del Padre.

Quiero que Lo gritéis
como un alarido de victoria por la guerra perdida,
o como el alumbramiento sangrante de la esperanza
en el lecho de vuestro tedio, noche adentro,
apagada toda ciencia.
Quiero que Lo encontréis, en un total abrazo,
Compañero, Amor, Respuesta.

Podréis dudar de que haya venido a casa,
si esperáis que os muestre la patente de los prodigios,
si queréis que os sancione la desidia de la vida.
Pero no podéis negar que se llama Jesús con patente de pobre. y no podéis- negarme que Lo estáis esperando
con la loca carencia de vuestra vida repudiada
como se espera el aliento para salir de la asfixia
cuando ya la muerte se enroscaba al cuello
como una serpiente de preguntas. .

Se llama Jesús.
Se llama como nos llamaríamos
si fuéramos, de verdad, nosotros»
 (P. CASALDÁLlGA).


2. La oración de Jesús

«A medida que leemos el Evangelio, nos encontramos cómo Jesús al caminar, mientras amaba a los hermanos y los servía, 'levantaba los ojos al cielo'. Es un gesto que a nosotros nos parece muy corriente, pero que en el mundo de Jesús es muy extraño.
»Llega a él un pobre, un enfermo, un sordomudo, un ciego, un cojo..., Y él lo toma en sus manos y, mientras le devuelve la vida, levanta los ojos al cielo. En ese instante, cuando se encuentra con alguien que está destruido, enteramente perdido, que ha muerto, sus manos lo tocan y sus ojos se levantan al cielo.
»Y cuando ha reunido a los hermanos en torno a estos pequeños, llenándolos con la palabra del Evangelio y sentándolos a la mesa para darles el pan y curarles las heridas, mientras lo hacía -dice el Evangelio-, levantaba los ojos al cielo.
»Y es un gesto extraño, porque los judíos en su tiempo también rezaban mucho y se paraban a rezar en la calle, pero mirando hacia el Templo o con la mirada baja -se supone que para levantar el corazón hacia arriba-; pero el gesto de Jesús consiste en mirar al Padre con las manos extendidas: es la oración en medio de la vida. Es decir, que la oración que aprendo de Jesús no consiste en ponerme a mirar pia­dosamente a mi corazón, sino que, mientras estoy sosteniendo a mis hermanos entre mis manos, partiéndoles el pan y curándoles las heridas, en ese mismo momento dirijo mi mirada al Padre. y no se sabe si abro las manos a los hermanos porque tengo puesta mi mirada en el Padre, o es que miro al Padre, porque tengo las manos puestas en los hermanos: es un único acontecimiento.
»Pero resulta que, si su existencia era una oración, o su oración era su misma existencia, parecería entonces que no tenía necesidad de salir fuera del camino para ir al desierto; y, sin embargo, el Evangelio nos descubre que Jesús no solamente oraba al caminar, y mientras caminaba y amaba y servía levantando los ojos al cielo, sino que salía fuera del camino a la soledad. Esta palabra, 'soledad', casi tampoco sabemos qué es. Le hemos acompañado, perdidos entre los discípulos, Y vamos a mirarle ahora de cerca, en este momento en que sale fuera del camino.
»Estamos en Cafarnaúm, son las 9 de la tarde, está cayendo la noche; él no ha descansado nada en todo el día -'no tenía tiempo ni para comer'-. Eran muchos los pro­blemas, la jornada de Cafarnaúm había sido agotadora y, para colmo, al anochecer, todo el pueblo se había enterado de que aquella noche dormía allí; y entonces le llevaron al cojo, a la 'vieja, al otro... ' y entonces el problema ya no era el cansancio -que lo tenía, y grande-, sino la angustia. Ver a sus hermanos con tantos dolores, con tantas heridas, despojados Y abatidos como ovejas sin pastor, hacía que sus entrañas se conmovieran con tal intensidad, que necesitaba marcharse a la soledad, necesitaba gritar '¡Abbá!', pero no para él, sino en nombre de todos ellos.
»Salir fuera del camino era una necesidad imperiosa, pero no para perderle de vista, sino para tomarle más entero en las entrañas, para recoger todas las lágrimas, todas las esperanzas, todos los dolores, todas las noches, todos los amaneceres de los pobres, y adentrarse después con ellos en el desierto.
»Entonces, en aquella casa de Pedro donde durmió aque­lla noche, a la mañana siguiente, aún de noche, mucho antes del amanecer, se levantó, salió y se retiró a un lugar solitario; y allí estaba orando (Mc 1,35). Era tal el peso del amor y del dolor que sentía en sus entrañas, que ya no tenía a quién confesárselo; le sobrepasaba, y por eso necesitaba marcharse, pero no para dejar el camino, sino para retomarlo cuando amaneciera otra vez, marchar a otra aldea y continuar.
»La soledad no es una campana de cristal para escon­derse; la soledad del Maestro está llena de aullidos humanos y diabólicos, de las terribles fuerzas del mal, de todos los dolores humanos, de sus angustias y esperanzas, y también de la sonrisa de los niños, de la bondad de la suegra de Pedro que le había puesto la cena, del niño que había ofrecido su bocadillo de peces asados para la multitud. Todo aquello era el entramado de su soledad, y con aquello se iba él al desierto. El necesita el desierto» (M. LEGIDO).

D) CELEBRAR LO VIVIDO

Puede hacerse un tiempo de oración compartida sobre el don que supone para cada uno haber encontrado a Jesús, después de haber leído en voz alta estos textos, haciendo una breve pausa de silencio entre uno y otro:
«El Reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo» (Mt 13,44).
«Doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, a causa de la gracia que os ha sido otorgada en Cristo Jesús, pues en él habéis sido enrique­cidos en todo, en toda palabra y en todo co­nocimiento, en la medida en que se ha confir­mado en vosotros hasta el punto de que no os falta ningún don a los que aguardáis la mani­festación de nuestro Señor Jesucristo. Él os confirmará hasta el final para que en el día de nuestro Señor Jesucristo seáis irreprochables.
Fiel es Dios, el que os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro» (1 Cor 1,3-9).
«Dios ha querido damos a conocer cuál es la espléndida riqueza que significa ese secreto: Cristo para vosotros, esperanza de gloria» (Col 1,27).
«Si el oro que perece se aquilata al fuego, vues­tra fe, que es más preciosa, será aquilatada para recibir alabanza, honor y gloria cuando se re­vele Jesucristo. No lo habéis visto, y lo amáis; sin verlo, creéis en él y os alegráis con gozo indecible y glorioso...» (1 Pe 1,7-8).

Se llama Jesús

«Dios ha venido a casa, desdiciéndose de su gloria.
Ha pedido permiso al vientre de una niña sacudida por un decreto del César
y se ha hecho uno de nosotros: un palestino de tantos en su calle sin número,
semi artesano de toscos quehaceres, que ve pasar los romanos y los vencejos,
que muere, después, de mala muerte matada, fuera de la Ciudad. 
Ya sé que hace mucho que lo sabéis, que os lo dicen,
que lo sabéis fríamente, porque os lo han dicho con palabras frías...

Yo quiero que lo sepáis de golpe, hoy, quizás por primera vez, absortos, desconcertados, libres de todo mito, libres de tantas mezquinas libertades.

Quiero que os lo diga el Espíritu
                   ¡como un hachazo en tronco vivo!
Quiero que lo sintáis como una oleada de sangre en el corazón de la rutina,
en medio de esta carrera de ruedas entrechocadas.

Quiero que tropecéis con él
como se tropieza con la puerta de Casa,
retornados de la guerra bajo la mirada
y el beso impaciente del Padre.

Quiero que Lo gritéis como un alarido de victoria por la guerra perdida,
o como el alumbramiento sangrante de la esperanza en el lecho de vuestro tedio,
noche adentro, apagada toda ciencia.
Quiero que Lo encontréis, en un total abrazo,
Compañero, Amor, Respuesta.

Podréis dudar de que haya venido a casa,
si esperáis que os muestre la patente de los prodigios,
si queréis que os sancione la desidia de la vida.
Pero no podéis negar que se llama Jesús con patente de pobre. y no podéis- negarme que Lo estáis esperando con la loca carencia de vuestra vida repudiada como se espera el aliento para salir de la asfixia cuando ya la muerte se enroscaba al cuello como una serpiente de preguntas. .

Se llama Jesús.
Se llama como nos llamaríamos
si fuéramos, de verdad, nosotros»
 (P. CASALDÁLlGA).

El agujero de la roca. Otros lugares para «ver» a Dios

Sal Terrae 97 (2009) 375-386

Dolores Aleixandre Parra, rscj*




A Moisés le pasaba como a nosotros: quería ver a Dios, y posiblemente estaba convencido de merecérselo después de haber hecho el esfuerzo ímprobo, a su edad, de escalar el Sinaí, aquel macizo rocoso, amenazador y de difícil acceso. Y llegó Dios envuelto en una densa nube, y con una nube por medio no se podía ver nada; así que Moisés tuvo que conformarse con escuchar lo que le decía Dios, pero sin verlo (Ex 34,5). Pasó una tarde, pasó una mañana. Primera frustración.
      Moisés se creyó a pies juntillas lo que Dios había dicho de él cuando le defendió de las críticas de Aarón y María: «Con Moisés hablo cara a cara, como un amigo habla con su amigo» (Nm 12,6-8). Y se emocionó mucho al saber cuánto le quería el Señor, y por eso se atrevió a decirle: «Déjame ver tu gloria». Y se llevó un pequeño chasco al escuchar: «Métete en el agujero de la roca» (Ex 33,18-23). Pero se metió dentro sin rechistar y se conformó con ver la espalda de Dios. Pasó otra tarde, pasó otra mañana. Segunda frustración.
      Y llegó Elías, el rotundo, el radical, el incendiario, y volvió a escalar el mismo monte, que ahora le decían «Horeb»; y cuando empezaron los truenos, los relámpagos, la tempestad, el fuego y el terremoto, a Elías le gustó mucho, y pensó que éstos sí que eran unos efectos especiales dignos de su Dios, y no como los ídolos, que no dicen ni mu. Pero resultó que en todo aquello no estaba el Señor y, desconcertado, tuvo que aprender a reconocerle en «la voz de un silencio tenue» (1 Re 19,12). Pasó otra tarde, pasó otra mañana. Tercera frustración.
      Y llegó Tomás al cenáculo, y le molestó que los otros discípulos le dijeran con aire de superioridad que habían visto al Señor. Así que, cuando el Resucitado volvió a hacerse presente entre ellos, Tomás lo vio y lo tocó con la secreta satisfacción de que ahora él estaba por encima de los demás, pero se quedó de piedra cuando Jesús le dijo que eso no era nada y que lo importante era creer sin haber visto (Jn 20,19-29). Pasó otra tarde, pasó otra mañana. ¿Otra frustración más? ¿O no será más bien que, una y otra vez, se nos está disuadiendo pacientemente, como a discípulos torpes que somos, de seguir empeñados en ver a Dios a nuestra manera y no a la suya? Porque el poder conocer de modo directo es lo que caracteriza precisamente la relación con los ídolos, mientras que, cuando Juan afirma: «hemos visto su gloria» (Jn 1,14), la expresión viene precedida del reconocimiento asombrado de que la Palabra, acampada entre nosotros, ha tomado nuestra frágil condición. A partir de ese momento ya no va ser posible «ver su gloria» más que situándonos, lo mismo que Moisés, en ese nuevo «agujero de la roca». Y sólo la veremos en contacto estrecho con lo humano y sus debilidades, glorias, miserias, bellezas y contradicciones.
      Fue ahí donde el propio Jesús entró en contacto con el Padre, y así nos lo presenta Marcos en el primer capítulo de su evangelio: Jesús hace su aparición en el «agujero» más profundo de la tierra, el Jordán, y es precisamente allí donde se escucha la voz del Padre señalándole como el Hijo amado en quien se complace. A partir de ese momento, Jesús se convierte en portador de esa complacencia y va a ir haciéndola presente en los diferentes lugares por los que se va desplazando con una movilidad sorprendente: del desierto a Galilea, donde anuncia la llegada del Reino; a la orilla del mar, llamando a los primeros discípulos; en Cafarnaúm a lo largo de una jornada de Sábado: por la mañana, en la sinagoga, sana a un endemoniado; a mediodía, en casa de Simón, cura a su suegra; por la tarde, a la puerta de la casa, acoge a una multitud de enfermos; de madrugada, ora en un descampado; a continuación, recorre aldeas y pueblos; y, finalmente, cura a un leproso. No son lugares «sagrados»; es su presencia la que los convierte en teofánicos, porque allí donde él se hace presente, los cielos «se rasgan» y Dios «se deja ver» en su Hijo, y siguen resonando sus palabras, que invitan a escucharle. Está iniciándose la nueva era mesiánica, y quizá por eso los 46 versos que componen este primer capítulo de Marcos poseen un estatus especial: son los únicos en los que Jesús realiza un recorrido casi «triunfal», sin las sombras, murmuraciones, resistencias o conflictos que aparecen ya en su horizonte en el siguiente capítulo, a partir de la curación del paralítico (Mc 1,6), y que irán creciendo hasta el desenlace final.
      Los lugares inaugurales en los que se movió en los comienzos de su vida pública tienen algo de normativo para nosotros: fue precisamente en esos lugares y no en otros donde Jesús experimentó la atracción del Padre y los que él eligió como primicias para dejar sentir su presencia a través de sus gestos y palabras. Si les prestamos atención, pueden convertirse para nosotros en nuestros «agujeros de roca» hoy, y quizá desde alguno de ellos, lo mismo que Moisés, podamos contemplar «la espalda» del Dios de rostro invisible.


1. Lugares de preguntas iniciales, inquietudes y expectación

«La cosa empezó en Galilea» (Hch 10,37), dirá Pedro en su discurso, bautizando para siempre a Galilea como lugar de comienzos. Estaba en una buena coyuntura para ello, porque sus gentes estaban menos atadas que las de Judea a tradiciones y disquisiciones en torno a la Torá. Los galileos vivían más despreocupados por conservar la memoria de antepasados ilustres o de venerables predecesores; ningún personaje de peso había marcado aquella región con su fama; ninguna tumba patriarcal la había convertido en tierra sagrada; a ningún profeta se le había ocurrido nacer allí... Por eso, la peor crítica a que pudieron someter a Nicodemo sus colegas fariseos, cuando él intentaba defender tímidamente a Jesús, fue preguntarle si iba a resultar que era de Galilea, rematando su intervención con una impertinencia cargada de ironía: – Estudia, estudia, Nicodemo, que te vemos un poco flojo en el conocimiento de las tradiciones ¿O es que no sabías que de Galilea no ha surgido nunca un profeta? (cf. Jn 7,52).
      Lo peor (¿o lo mejor?) de Galilea ya lo había descubierto Isaías cuando le llamó «camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles...» (Is 8,28). Corrían aires de libertad en aquella sociedad mezclada y heterogénea, acostumbrada al ir y venir de las caravanas de Oriente y de muchos griegos y romanos en las calles de sus ciudades. Había algo de marginal en una Galilea refractaria a seguir escuchando los discursos, palabras y temas de siempre. Por eso, cuando Jesús comenzó a hablar, «la gente estaba admirada de su enseñanza, porque enseñaba con autoridad, y no como los escribas [...] Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: “¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva llena de autoridad!”» (Mc 1,22.27).
      El «estilo escriba» ya sabían lo que daba de sí: estaba fijado y bien fijado y se pasaba como un estribillo de padres a hijos:
«Hijo mío, repite la enseñanza de siempre, no te desvíes a la derecha ni mucho menos a la izquierda; guárdate de la novedad de los lenguajes innovadores y de los gestos atrevidos; recela de cualquier adaptación del depósito sagrado; refúgiate en lo que siempre se ha hecho y dicho; no descuides los pliegues de tu manto de oración; que las filacterias tengan la medida y la forma reglamentarias. Esto es el Alef y la Tau de nuestra enseñanza».
      Como contraste, los evangelistas parecen recrearse en escenas en las que el «estilo escriba» salta por los aires: no es difícil captar lo rítmico y cansino del estribillo con que los eruditos de Jerusalén contestan a la pregunta de Herodes sobre el lugar del nacimiento del Mesías:
«En Belén de Judá, pues así está escrito en el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, ni mucho menos, la menor entre las ciudades principales de Judá porque de ti saldrá un jefe que será pastor de mi pueblo, Israel» (Mt 2,6).
      Tan bien se lo sabían que siguieron impertérritos en sus despachos de Jerusalén escrutando los viejos pergaminos, sin necesidad de desplazarse a Belén como aquellos magos de itinerario errático.
      También Nicodemo tenía bien preparado aquella noche el exordio de su discursito ante Jesús, en tono de plural mayestático y de «captatio benevolentiae»: «Maestro, sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos; nadie, en efecto, puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él» (Jn 3,6). Pero la respuesta de Jesús fulminó su intención de mantenerse en el nivel de un intercambio de saberes y bibliografías: «Te lo aseguro, Nicodemo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios». Nacer de nuevo: ¿qué salida de tono era aquello? ¿A qué venía aquel cambio de nivel, aquella desviación abrupta de lo que iba a ser un sereno diálogo entre iguales en torno a sus mutuas interpretaciones de algunos puntos oscuros de la ley?
      Nicodemo no estaba en aquel momento por la labor de que aquel galileo casi desconocido lo empujara hacia el ámbito inquietante de un nuevo nacimiento, pero tuvo que soportar aún un segundo envite por parte de Jesús: «¿Tú eres maestro de Israel e ignoras estas cosas?», antes de escabullirse sigilosamente en medio de la noche. Sólo nacerá de nuevo la víspera de la fiesta solemne de la Pascua, cuando salga fuera de la matriz de los muros de Jerusalén, cortando el cordón umbilical que lo unía a los fariseos para ponerse públicamente de parte de aquel hombre maldito que colgaba de un madero (Jn 19,39).
      También los de Emaús tenían las cosas muy claras y se las repitieron al que caminaba con ellos, en un relato lleno de un ritmo aprendido de memoria:
«Lo de Jesús el Nazareno /
profeta poderoso /
en obras y palabras /
ante Dios y ante todo el pueblo...».
      Eran respuestas de un catecismo bien sabido y a prueba de sobresaltos; por eso no habían hecho caso de aquellas mujeres visionarias que se atrevían a poner en boca de ángeles una noticia estrafalaria: «¡Está vivo!». Menos mal que el criterio ponderado y ecuánime y el buen hacer teológico masculino habían conseguido restablecer el orden y deshacer aquel bulo, claramente viciado por la ideología de género: «Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y lo hallaron todo como las mujeres decían, pero a él no lo vieron» (Lc 24,19-24). No se hable más: Roma locuta, causa finita.
      Pero el caminante desconocido parecía darles la razón a las mujeres, mientras que ellos quedaban como torpes, cortos y mostrencos.
      Y es que las palabras y actuaciones de Jesús eran retazos de paño nuevo que rasgaban el antiguo, y los viejos odres ya podían contener el vino joven del Reino. Por eso levantaba una polvareda de inquietudes y preguntas: ¿Dónde vives? (Jn 1,38); ¿Adónde vas? (Jn 13,36); ¿De dónde eres? (Jn 19,9); ¿De Nazaret puede salir algo bueno? (Jn 1,46); ¿Qué tienes que ver con nosotros? (Mc 1,24); ¿Quién es este hombre? (Mt 8,27); ¿Dónde ha adquirido todo esto? (Mc 6,2); ¿De dónde le viene...? (Mc 13,56)...
      En las Galileas de hoy, el discurso eclesial apenas despierta inquietudes, y su intento de seguir transmitiendo la fe como una herencia recibida, como un depósito doctrinal, moral, sacramental o canónico, les suena a muchos a «discurso de escribas».
      Necesitamos entrar en un «agujero de la roca» que nos permita ver cómo está Dios actuando en la sociedad contemporánea y preguntarnos no tanto «cómo transmitir la fe», sino más bien qué es lo que está ocurriendo entre Dios y los hombres y mujeres que viven en los comienzos de milenio y por qué caminos quiere encontrarlos y hacerles nacer a la vida1. La atención tiene que desplazarse hacia la relación que Él desea instaurar con ellos, estando abiertos a otros modos, ideas, propuestas, modos de estar, amar o pensar, porque, si ahí late la vida, ¿quiénes somos nosotros para impedir a Dios que se comunique y actúe? (cf. Hch 11,18).
      Una «enseñanza nueva con autoridad» transita hoy necesariamente por caminos que invitan a una adhesión libre a la fe, que será siempre objeto de una elección. Y surgirá del convencimiento de que la belleza, el encanto y el poder de atracción de la Iglesia sólo residen en el Evangelio de su Señor y no en costumbres, rúbricas, lenguajes o atuendos obsoletos. Porque lo que otorga novedad y autoridad es la buena noticia que se comunica con palabras que dan vida, comunican energía y hacen emerger espacios nuevos de alegría y libertad. Porque era eso lo que la gente sentía cuando se acercaba a Jesús.


2. Lugares de proximidad, roce, compasión y aliento

«El plazo se ha cumplido, el Reino de Dios se ha acercado. Convertíos y creed en la buena noticia» (Mc 1,15).
     Dos verbos en perfecto anuncian la doble transformación que ha acontecido en el pasado y cuyos efectos perduran. La primera afirmación se refiere al tiempo, y la segunda al espacio. Otras expresiones evangélicas, como «entrar en el Reino» o «no estar lejos del Reino de Dios», revelan que lo esencial es el dinamismo de aproximación, aunque esa proximidad no signifique plena coincidencia y su llegada sea objeto de palabra y no de visión. Ésta es la buena noticia: que Dios ha puesto ya gratuitamente «su parte» y ha acercado su Reino indistintamente a todos. Pero no se trata de un enunciado neutro, sino de una palabra dirigida a quienes estén dispuestos a recibirla y, por eso, sometida a su libertad: convertíos y creed.
      Las escenas que siguen muestran a Jesús arrastrado por esa corriente de aproximación del Padre: «se acercó, la tomó de la mano y la levantó [...]. Le trajeron todos los que tenían enfermedades [...]. Compadecido, extendió la mano y le tocó...» (Mc 1,15.31.34.41).
      Desde este «agujero de la roca» podemos contemplar cualquier coyuntura histórica como ocasión favorable, porque en ella sigue estando vigente aquel anuncio del kairós de la cercanía de Dios y de su Reino proclamado por Jesús, y nada ni nadie puede revocarlo. Dar crédito a ese anuncio genera una confianza absoluta en la cercanía de Dios en la historia de la humanidad y nos lleva a descubrir, más allá de sus aspectos sombríos, la fuerza de su presencia.
      Ésa es la buena noticia, destinada también a quienes no acepten convertirse, porque Dios es un amor que nunca se retira. A cada persona la está «rozando» el Reino y se le ha acercado el tiempo de Dios. Si miramos así, evitaremos adoptar en la evangelización posturas de superioridad por parte de quienes «tienen cosas que enseñar» hacia quienes «sólo pueden aprender». El Evangelio no se comunica más que por contagio relacional y en un diálogo de reciprocidad, en el que unos y otros caminamos juntos en la dirección de ese Reino que nos ad-viene.
      En las Galileas de hoy estamos llamados a establecer, también con los que no comparten nuestra fe, relaciones de proximidad, reciprocidad e intercambio, a compartir con ellos oscuridades y preguntas y también momentos de luz y de revelación. Porque evangelizar no consiste en transmitir unas creencias que circulan sólo de arriba abajo, ni en diseñar estrategias de conquista o reconquista frente a un mundo percibido como alejándose irremediablemente de Dios. De ahí la urgencia de huir de cualquier suficiencia que desemboque en una «pastoral del reproche» y tratar de caminar con las personas tal como son y a partir de su verdadero punto de partida, sea el que sea2.
      «Toda la ciudad se agolpó a su puerta». Y la puerta no estaba cerrada, ni había que pedir número, ni esperar en una antesala..., porque él estaba fuera, accesible, con tiempo, sin prisa. Al curar a los enfermos aquella tarde, o al leproso al día siguiente, les estaba comunicando una sobreabundancia de vida, pero sin invitarles a hacer un acto explícito de fe en él ni a formar parte de su grupo de discípulos. Los tocaba con un enorme respeto a la libertad de cada uno en lo cada uno que tenía de único, y los enviaba sencillamente a la verdad de su existencia. Eran hombres y mujeres, habitados por un deseo de vivir, que se le acercaban porque intuían que él poseía el poder de comunicarles esa vida. El Reino que se les había aproximado abría ante cada uno una infinita variedad de respuestas. La mayoría de ellos recibía algo de Dios a través de Jesús, pero volvían a su vida sin adherirse plenamente a él3. Lo importante era que Dios sí se les había adherido y había hecho presente para ellos algo de la compasión de Aquel que dominaba el arte de acoger, de amparar y de ofrecer asilo entre sus brazos a las vidas heridas y a los cuerpos maltrechos de tantos hombres y mujeres. Los mismos que hoy siguen esperando de nosotros la ternura y el cobijo aprendidos de sus gestos y de sus palabras.


3. Lugares de limitación, carencia y fractura

«Cuando arrestaron a Juan...». Es la única nota sombría del capítulo. La garra del poder ha hecho su aparición como un aviso a Jesús: que se dé por enterado de que desde arriba no van a tolerar que algo se mueva o cambie, o que alguien pretenda innovar, remover, cuestionar o disentir. La noticia llega hasta Jesús con una coletilla subliminal: éste es el destino de los que se desmandan; mejor estarse callado; es más prudente no significarse y esperar tiempos mejores. Pero son advertencias que no hacen mella en él, sino que provocan su decisión de intervenir y de tomar la palabra. El silenciamiento de Juan le empuja a hacerse oír; lo que parecía ser el final de un proyecto se transforma en inicio de una esperanza mayor. Y Jesús comienza a adentrarse en lugares de peligro: en el del poder deshumanizador de las fuerzas diabólicas que ejercen su dominio, dividen, desintegran y desquician. En el de la fiebre y las dolencias múltiples que, como un tentáculo, atraen hacia el sheol a sus presas. En el de la impureza de la lepra, que convierte a un ser humano en maldito y excluido. Son lugares donde lo humano está fracturado y amenazado; lugares sombríos y subterráneos de los que conviene mantenerse alejado y distante, porque contaminan y contagian.
      Pero va a cumplirse la profecía de Isaías al hablar de los tiempos mesiánicos: «el niño meterá la mano en la hura del áspid» (Is 11,8). Jesús se está acercando a esos no-lugares con la frescura y la confianza de los niños y metiendo su mano en ellos. ¿Cómo puede extrañar que le muerda el áspid y le alcance el veneno de la serpiente?
      Pero eso será más tarde; ahora solo asistimos a la ráfaga de luz que está brillando sobre los que habitaban en tierra de sombras. Alguien ha tomado un camino inverso al de la resignación, la pasividad o la huida; se están inaugurando los tiempos mesiánicos en que el pobre que clamaba y los afligidos sin protección sienten la presencia de alguien que está de su parte y que no parece tener nada más importante que hacer que sentarse a la puerta de la casa en que se aloja, para acoger, acariciar, enjugar el sudor y las lágrimas. «Si quieres, puedes curarme... Quiero»: aquel verbo fue suficiente para comunicar al leproso la certeza de que ni la enfermedad ni el dolor ni la muerte tenían la última palabra sobre él.
      Desde este «agujero en la roca» se hace visible un Dios que toma partido por la vida de cualquier ser humano y que nos llama a hacernos presentes en los lugares donde esa vida está amenazada, algo que ha sido siempre la «especialidad cristiana». Y a hacernos conscientes de que sólo de la compasión y de la implicación cordial y efectiva con quienes «tienen todos los poderes en contra» pueden nacer los gestos que restauran y dan fuerzas para seguir adelante.


4. Lugares de «sabia discontinuidad»

«Estuvo en el desierto [...], fue a Galilea [...], entró en la casa [...], salió a un lugar desierto [...], venían a él de todas partes..., se quedaba fuera en los lugares desiertos» (Mc 1,12.14.29.35.45).
    La lectura seguida del capítulo nos hace ver la vida de Jesús con un ritmo discontinuo y una constante alternancia: se mezcla con la gente, pero se retira a lugares de soledad; habla, pero busca también el silencio; camina rodeado de discípulos, pero se escapa al desierto. Más adelante, le veremos durmiendo a popa en la barca, mientras los discípulos reman agitados en medio de la tempestad (Mc 4,38).
      Está obedeciendo al mandato del Deuteronomio que ordena vivir la vida «ritmada» en esta alternancia binaria: «Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, se las inculcarás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales» (Dt 6,7-9). Y ha incorporado a su existencia el convencimiento de Qohelet de que hay «tiempo de plantar y tiempo de arrancar; tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de buscar y tiempo de desechar; tiempo de callar y tiempo de hablar...» (Qo 3,5-8).
      No duerme ni reposa el guardián de Israel, pero es porque lo propio de Dios es la permanencia, la constancia, la perpetuidad, la durabilidad, mientras que nuestra condición humana está marcada por la intermitencia, la discontinuidad y la necesidad de tregua y de descanso. Son consecuencias de nuestra fragilidad y limitación, y Jesús, al asumirlas, incorpora a su ritmo vital pausas, paréntesis, intervalos y tiempos de respiro4. Había hecho suya la sabiduría del orante del Salmo 127:
«Si el Señor no construye la casa,
      en vano se cansan los albañiles;
si el Señor no guarda la ciudad,
      en vano vigilan los centinelas
Es inútil que madruguéis,
      que retraséis el descanso, que comáis un pan de fatigas.
¡Si Dios lo da a sus amigos mientras duermen!».
      El salmista contrapone dos maneras de relacionarse con Dios: la primera pone el acento en el propio esfuerzo: construir, cansarse, guardar, vigilar, madrugar, retrasar el descanso..., y el resultado es sentirse albañil o centinela. En la segunda, el protagonista es el Dios que da, y la relación con Él es de amigos; y eso que Dios da, frente al pan de fatigas, se recibe como una herencia o un salario no conquistados ni merecidos, sino, como diría San Juan de la Cruz, alcanzados «por ventura».
      No es difícil reconocer el primero de esos modos en la compulsiva actividad de Marta, incapaz de concederse un tiempo de sosiego para acoger al huésped (Lc 10,40); o en el sombrío trabajo del hijo mayor, que nunca dejaba el trabajo para hacer fiesta y comer con sus amigos (Lc 15,29). Acierta, en cambio, María cuando se sienta a los pies de Jesús sin hacer nada más que escucharle (Lc 10,28); y también aquel hombre de la parábola que, después de sembrar, se echaba a dormir confiando en que la semilla seguía creciendo por sí misma aunque él no supiera cómo (Mc 4,28).
      En las Galileas de hoy necesitamos ese humilde reconocimiento de nuestros propios límites para adaptarnos a ritmos discontinuos, aparentemente menos eficaces. Saber hacerlo supone una negativa a la pretensión de dominarlo y controlarlo todo, a la tendencia a ser protagonistas, a sentirnos salvadores universales y a confundir lo que hacemos con lo que somos.
      Hay un «agujero de la roca» desde el que vamos aprendiendo a reconocer lo que Dios es capaz de hacer en nuestra vida si le dejamos. Y eso supone estar un poco de vuelta de los propios sueños de omnipotencia y eficacia y confiar menos en nuestras propias fuerzas y más en su acción. Y dejar de pensar que seguir a Jesús consiste únicamente en anunciar su Evangelio, tratar de expulsar demonios y remediar dolencias y gastar todas nuestras energías en quehaceres, desvelos, tareas y madrugones. ¿Para cuándo acompañar también al Maestro al desierto y al descampado, estar con él en sus pausas de soledad y de respiro y seguirle en sus tiempos de estar ante el Padre, no como un obrero o un centinela, sino como el Hijo amado que abandona ante Él su cansancio y sus luchas?
      «Rendíos y conoced que yo soy Dios», reclama Dios mismo en un salmo (Sal 46,11). Y el verbo citado («rendirse») puede traducirse también como dejar, abandonar, soltar, estar quieto, ceder, permitir... Como si nos dijera: «Estad tranquilos, no me busquéis agitados y ansiosos tratando de verme: estoy esperando vuestro silencio y vuestra quietud para dejarme ver y alcanzar. Y si estáis rendidos de sueño, dejaos caer en mis brazos».
      Y es que, a lo mejor, estorbamos menos al Reino de Dios que se nos acerca y nos da alcance precisamente cuando estamos dormidos.











*      Escritora. Madrid. <daleixandre@gmail.com>.
1.     Ph. Bacq – C. Théobald, Une nouvelle chance pour l’Évangile. Vers une pastorale de l’engendrement, Lumen Vitae – Novalis, Bruxelles – Québec 2004, p. 21.
2.     Cf. op. cit., pp. 7-28
3.     Cf. op. cit., p. 25
4.     «Nadie ha vivido tan unificado como Jesús, tan menos fraccionado; nadie ha vivido el amor a Dios y al mundo de una manera tan integrada, tan bella, tan pura. Pero los evangelios nos lo presentan como un “hombre de dos tiempos”: el tiempo primero es el de la misión, las relaciones, los encuentros, la actividad sanante, la compasión por los pobres, la polémica con los fariseos. Pero también hombre de un segundo tiempo: justo cuando está más invadido y rodeado de gente, se marcha al desierto, al monte, al huerto... a orar. Jesús, que encuentra a Dios como nadie, y le adora y le sirve en esos tiempos primeros, se marcha a los tiempos segundos para aclararse más sobre su misión» (José Antonio García, Curso a las RSCJ sobre «Buscar y hallar a Dios en todas las cosas», Santa María de Huerta, Verano de 2004).

EL DESIERTO, TIEMPO FUERTE DE EXPERIENCIA DE DIOS


RR. Escolapias, Rubí, 17 de julio 2004
Durante estos días o semanas que estáis reunidas para un trabajo espiritual intenso, se intercala hoy un día de desierto. El P. Jaume Boada os habló de la "iniciación la experiencia de Dios", la Hermana Rosa María Piquer sobre "la iniciación a la lectio divina".
Hoy va a ser un día no tanto de palabras como de ejercicio práctico. Para que se dé la experiencia de Dios hace falta, como dice J. De Dios Martín Velasco en un pequeño estudio sobre la mística: concentración, interiorización, purificación y dominio de sí.
Os invito, pues a preparar el terreno para este día de desierto,

-concentrando vuestros pensamientos, vuestros sentimientos, emociones e ideas alrededor de un deseo cordial de pasar este día en desierto: soledad, silencio, anchura, escucha y espera.
-Haciéndolo, casi sin daros cuenta os encontraréis en vuestro interior. Me parece importante recordar que la interioridad no es lo contrario de la exterioridad, sino de la superficialidad, de la multiplicidad no integrado, de la dispersión y de la mediocridad. El día de desierto nos da una oportunidad de recoger todo lo que vivimos, lo que nos habita y nos mueve y conmueve en la corriente de lo que somos cuando todos los adornos y apoyos desaparecen.
-y estando dentro de vosotras, dejad que la presencia del Espíritu ilumine y
-purifique este interior que suele estar atestado de elementos que impiden, estorban, distorsionan la verdad de nuestro ser y hacer. Para pasar un día de desierto también
-hace falta el dominio de sí. Espero que los días pasado ya os hayan puesto en un clima que facilite este dominio, ya que estáis metidas en un ritmo que gira del todo alrededor del encuentro profundo con vosotras mismas, con Dios y con los demás. Entiendo como dominio de sí el abandono de toda actividad o iniciativa egocéntrica, la que quiere organizar, dirigir y controlar el propio camino hacia Dios, y en cambio, activar al máximo la capacidad de entregarnos al Espíritu, de responder, de dejarnos hacer.
Es muy corto un solo día, pero sobre lo ya vivido en estos días, pienso que no será demasiado difícil conseguir un vacío. Lo primero sería, pues, llegar a entrar en un desierto: el desierto de este día en el que nadie os va a decir nada, en que nadie se va a "preocupar" de vosotras, en el que estáis realmente SOLAS. Hay horas en el día, sobre todo las últimas horas antes de la noche en que la soledad suele ser especialmente denso. De esto habla la tradición monástica con sus hábitos de silencio y de soledad. Muchas Reglas proponen un silencio riguroso durante la noche. Y es que la noche todavía suscita en nuestra alma algo de desamparo, de fascinación también, pero es un momento en que surgen las confidencias profundas, los encuentros intensos, momentos en que algo dentro de nosotros busca un amparo, una compañía antes de entrar en el alcoba del sueño, hermano de la hermana muerte. En la vida monástica se quiere significar con esta norma de silencio que sólo Dios es el Tú a quien van dirigidas estas confidencias, el amparo donde estamos seguros.- Por propia experiencia sé que tanto en la vida comunitaria como en una vida de mayor soledad eremítica, las horas del anochecer tienen un poder purificador, ponen de manifiesto nuestra pobreza y nuestra fragilidad y nos invitan a la confianza en el Único. Me atrevo pues, a sugerir que el día acabe también en total soledad y silencio.
Un día en que nada de lo que tenéis dentro, recuerdos, preocupaciones, miedos, proyectos, relaciones, emociones y afectos sea más fuerte y más activo que el vuestro yo profundo de cara al misterio de Dios, el Espíritu que habita en nosotros. Lo segundo: la experiencia de Dios en este "tiempo y espacio" que es el desierto. Dos tareas demasiado grandes para un solo día. Pienso que se tratará simplemente de iniciar hoy un posible camino hacia el desierto para que, si a Dios le agrada, estar preparadas para una experiencia de su presencia en nuestra vida.
1. El desierto como lugar y vivencia de pobreza
Seguramente muchas de vosotras, o algunas, tenéis experiencia concreta de paisaje de desierto, en la misiones de África, Latinoamérica u otras. Yo misma no tengo esa experiencia, lo que se puede parecer un poco, es el ambiente de alta montaña, donde ya no hay vegetación, donde el viento, el peligro, la amenaza de la naturaleza todavía llega a las entrañas y produce miedo y desamparo, sensación de total fragilidad e indefensión. También los ambientes de grandes aglomeraciones de gente, hacinamiento en viviendas urbanas miserables, gentes faltas de la mínima libertad para escoger una vida digna , puede suscitar los mismos sentimientos de soledad, de abandono, de nada, de despojo total.
Sería bueno que cada una se construyera por dentro el espacio real de un desierto del que tiene alguna experiencia vital, que ha pasado por su carne y su espíritu.
En este desierto creado ahora por la imaginación nos podemos instalar para este día concreto de vuestra convivencia.
a)
Vamos a estar con Jesús en el desierto y atravesar con él las experiencias que le llevaban al encuentro con la condición humana que él asumió libremente y qué significaba esto desde la voluntad de Dios, y un encuentro con el Padre. Todo esto se desarrolla en un clima de tentación, de lucha, de aprendizaje. La experiencia de Dios en el desierto no está aislada de la experiencia de una misma. El desierto es como el símbolo de la tarea de toda la vida: llegar a ser lo que ya somos: persona humana, hija de Dios. Esto es lo que Jesús aprendió en el desierto: qué es ser hijo de Dios e hijo del hombre a la vez.
b)
Jesús permanece en el desierto cuarenta días y cuarenta noches. No abandona.
En el desierto no nos es posible huir de nosotras mismas. Tenemos tendencia de hacerlo, nos cuesta aceptar la verdad de nuestro ser, no solamente los defectos y sombras, sino la misma condición finita, abocada a la muerte. Nuestra libertad recibida que experimentamos tan a menudo como incapaz de realizar lo que es su tarea, la de ser lo que ya somos, se desarrolla en la tentación para llegar a aceptar con "obediencia de corazón" el ser que Dios nos ha dado.
c)
En el desierto nos podemos sentir invitadas a aceptar amorosamente de nuevo nuestro ser concreto, con todo lo que ya conocemos y padecemos de nosotras mismas y lo que todavía sigue escondido a nuestra mirada consciente. Esta aceptación de una misma es una tarea que dura toda la vida. Muchos de nuestros sufrimientos y nuestros conflictos con el mundo que nos rodea, con el mismo Dios, surgen de la falta de auténtico amor propio. No nos amamos, no nos tratamos amorosamente porque no nos aceptamos como somos y vemos a menudo en nosotras mismas una enemiga.
Jesús ha pasado por todas estas experiencias. Ha tenido que aprender qué es ser hombre siendo Dios. (cf Hb. Aprendió en el sufrimiento qué es obedecer), es decir, qué es aceptar la condición humana en su fragilidad y su grandeza desde Dios. La experiencia de Dios en el desierto no es una función de "luz y sonido" para embelezar el alma, sino que es el choque íntimo y dramático de lo divino y lo humano en nuestra propia identidad.
Las tentaciones de Jesús son como un símbolo, una manera de contar, narrar este encuentro. Jesús tuvo que aprender a ser hijo de Dios en carne humana. No fue una especie de "teatro" con todos los efectos "como si fuera realidad", lo que vivió el Hijo de Dios al hacerse hombre. No es únicamente el aspecto biológico que deberíamos considerar: Jesús se abajó al riesgo real, extremo de vivir una existencia humana que se va creando, realizando y logrando en el decurso de los años, según la libertad y la obediencia de cada individuo, también para Jesús. Jesús lo vivió con una mentalidad y una disposición que Pablo nos describe en la carta a los filipenses: "...Cristo Jesús, el cual siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios. Al contrario, se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. (Fl 2,5-9) Llegó a esto a través del aprendizaje y la tentación.
La experiencia de Dios, en el desierto de este día concreto, y en el desierto de toda la vida, siempre está bajo el signo de la encarnación. Nunca se puede considerar la experiencia de Dios como algo totalmente desligado de nuestra condición humana. No hay experiencia de Dios que no tenga que ver y no se verifique precisamente en la "carne", en nuestra conciencia, en nuestra concreta situación existencial de un momento concreto. Esto es lo que nos enseñan las tentaciones de Jesús en el desierto: Son encuentros con nuestra propia realidad, de alguna manera estropeada, distorsionada por el pecado, por el espíritu maligno, y nuestra libertad, puesta en acción para aceptar y confiar en el Dios que se nos ha manifestado en Jesús, frente al engaño del demonio que nos enseña una imagen de nosotras y de Dios falsa. Por esto, las tentaciones de Jesús nos son camino clarificador y magistral hacia la auténtica experiencia de Dios y de nosotras mismas.
Si Jesús con toda su vida, su muerte y su resurrección, nos ha revelado el verdadero rostro del Padre, las entrañas de la Madre-Dios, las tentaciones nos muestran cómo Jesús, por la encarnación descubre en su carne este rostro y como el misterio de Dios en el hombre, se revela en la POBREZA DE ESPÍRITU. Esta pobreza se manifiesta en las tres vertientes de las tres tentaciones: hambre (riqueza), ostentación personal (utilizando a Dios para provecho propio), poder (a cambio de adorar al diablo)
2. Las tentaciones de Jesús
"Entonces el Espíritu llevó a Jesús al desierto, para que el diablo lo pusiera a prueba....El tentador se acercó entonces y le dijo: Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes. Jesús le respondió: Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios."(cf Mt 4,1-11)
Jesús experimenta en el desierto la tensión entre lo que es la condición humana con su semilla de divinidad dentro y con el horizonte finito o el pensamiento finito. El ser humano quiere abarcar esta semilla y se inclina a interpretarla erróneamente. La libertad envenenada por la sugestión del maligno le conduce a la desmesura de creer que por su propia fuerza puede satisfacer su hambre, su sustento, asegurar su existencia. Jesús responde a la tentación confiando en la Palabra de Dios. No somos nosotras las que sabemos cómo sustentar la vida, cómo saciar nuestras necesidades. No somos la fuente de nuestra vida, está en otro sitio, está en Dios.

Aceptar esta primera forma de pobreza: No ser yo la que sé por dónde tienen que ir las cosas para que mi vida está alimentada, subsista y no me muera de hambre. Esto es experiencia de Dios: nuestra libertad, nuestra fe se reafirman en la Palabra de Dios que es pan para los humanos, nos sacia en nuestra más hondas aspiraciones. (recordar la dinámica de la lectio divina) Creerlo desde la experiencia de hambre y esperar libremente en Dios, es experimentarlo.
Aquí cada una puede recordar o descubrir su propia tentación, qué clase de pan estoy yo tentada a procurar por mi cuenta para no morir de hambre, qué necesidades procuro yo satisfacer por mi cuenta: un destino concreto, un cargo, un trabajo, formación profesional etc., relaciones personales, objetos "necesarios", vestidos, vacaciones, descansos, retiros, libros etc. etc. Todo esto en el fondo es no aceptar el amor de Dios, no aceptar que él sólo es la fuente de vida del hombre, es querer hacer la experiencia de Dios desde mi propia iniciativa.
"Después el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios, tírate abajo; porque está escrito: Dará órdenes a sus ángeles para que te lleven en brazos, de modo que tu pie no tropiece en piedra alguna." Jesús le dijo: También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios." (ib.) La tentación consiste en que queremos ser fuertes desde nuestra propia fuerza. Utilizar a Dios para quedar nosotras en evidencia de grandeza y poder, pero no tanto en el sentido de orgullo o fanfarronería, sino más hondamente: como salida a nuestra pobreza existencial. La tentación consiste en no aceptar que la condición humana nos hace caminar sobre abismos sin que ninguna otra mano fuera de la de Dios nos pueda guardar y salvar. Jesús resiste a la tentación aceptando esta pobreza de la persona humana. Jesús, en su encarnación se ha tirado abajo, hasta el abismo de ser hombre, un hombre cualquiera, no ha retenido ávidamente su condición divina. Ha pasado por el abismo oscuro de la pobreza humana. Ha confiado en Dios, no para que le ahorrase este abajamiento, sino precisamente para posibilitarnos a nosotros la experiencia de un Dios que es en si pobreza, que se abaja hasta nuestra pobreza. Nos hace posible experimentar a Dios en el desierto de nuestra miserable situación, personal y colectiva. Jesús ha experimentado en todo nuestras flaquezas, menos en el pecado (cf Hb 4,15)

Quizá estemos en un momento en que nos toca dejarnos caer en las manos de Dios, sin tener ninguna evidencia de su salvación o que la "salvación" no se verifica según nuestros deseos, sino por caminos de sufrimiento, inseguridad y abandono.
"De nuevo lo llevó consigo el diablo a un monte muy alto, le mostró todos los reinos del mundo con su gloria y le dijo: Todo esto te daré, si te postras y me adoras. Entonces. Jesús le dijo: Márchate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él le darás culto." (Mt 4, 8-10) En el fondo, las tres tentaciones de Jesús nos quieren presentar la innata tendencia de la persona humana de hacerse un Dios, de adorar a un Dios hecho a la medida de nuestro afán de no morir, de tener absoluta seguridad de SER. Poseer todo el mundo parece dar seguridad, adorar la riqueza como el dios que nos salva, no es sólo una imagen algo exagerada, nos confronta con la libre decisión de optar por un Dios pobre o por el dios de la mentira. El diablo no teme nada tanto como a Dios pobre, Dios que se manifiesta en la humildad, en la total dependencia del ser humana, en Jesús de Nazaret. Jesús, hasta la cruz tuvo que renovar y ratificar su libre obediencia y confianza en el Padre-Madre que entraña en su ser trinitario la pobreza de quien no tiene nada porque lo da todo en una relación amorosa absoluta.

Las tres vertientes de la misma tentación que Jesús vivió en el desierto nos confrontan con la POBREZA de nuestro ser y nos abren el camino, gracias a Jesús, a la confiada y fuerte obediencia a aquel Dios que él nos revela en su vida, su muerte y su resurrección. Creer, apoyarnos, confiar, amar y alegrarnos de un Dios que no tiene nada que ver con todo lo que en el mundo se tiene por poder, grandeza, perfección y riqueza, es una experiencia de pobreza total y a la vez de libertad total frente a la mentira del maligno. Experimentar esto y gozarlo en el desierto de nuestra vida concreta es el éxtasis de nuestra concreta encarnación personal (Menschwerdung) que Dios nos quiere regalar.
La pobreza es como la madre del triple misterio de fe, esperanza y amor. Pobreza y desierto llegan a ser casi sinónimos. Es el umbral de la auténtica encarnación, humanización de cada persona, el umbral donde llegamos a ser lo que somos y donde nos encontramos con Dios. En la pobreza podemos experimentar a Dios, en ningún otro lugar. Y Dios -la encarnación en Jesús de Nazaret nos lo manifiesta- sólo llega al hombre en la pobreza. Ella es el lugar de "tránsito comercial" ("puerto de mercancías") entre cielo y tierra, lugar del encuentro entre Dios y el hombre. (aquí se podría contemplar a María, la pobre de Yahve)

3. El desierto, lugar de mi pobreza, lugar de mi experiencia de Dios
Las reacciones de Jesús a las tentaciones nos muestran una imagen del hombre y de Dios que está totalmente marcada por la pobreza. El diablo no teme nada tanto como un Dios que se hace "esclavo", que comparte hasta el final la fragilidad humana. Y el arma constante del diablo y su intento permanente es hacer creer a la persona que puede ser fuerte y grande como Dios desde su propio esfuerzo. Quiere hacer creer a Jesús que el camino de la encarnación no pasa más que por la tangente de la condición humana, como si Jesús como Hijo de Dios sobrevolara el abismo de la humanidad sin meterse a fondo y le sugiere salvarla por obra de magia que no por la solidaridad absoluta.
Los siguientes puntos pueden ayudaros en este día a descubrir alguna faceta de vuestra realidad personal, donde existe la tentación y la respuesta a ella. No es mi intención que fuera una especie de examen de conciencia moral. Más bien un darnos cuenta cuál es la imagen de Dios, cuál es el Dios que experimento, cuándo me encuentro conmigo y con él, en el desierto de mi libertad y mi responsabilidad únicas.
1. Ante mis más hondos anhelos, ante los deseos de felicidad, de respuesta a lo que se mueve en lo más íntimo de mi corazón, ansia de ser amada y amar, de encontrar el sentido profundo de mi existencia, ¿me entrego al misterio del amor de Dios que sobrepasa todo, del que no puedo disponer pero al que me confío radicalmente, desde mis raíces? Quedo como escondida ante mí misma al experimentar que no tengo consistencia fuera del abandono total en Dios. Es una forma de "éxtasis". Toda la vida consiste en dejarse arrebatar a uno mismo en este éxtasis, para escuchar o obedecer libremente a nuestra condición de no ser más que en el SER que es el Dios de N. S. Jesucristo. Aceptar esto es vivir el éxtasis de la condición humana que los místicos en fenómenos extraordinarios experimentan como salida de si mismos y unión total con Dios, experiencias que no son más que símbolos o imágenes del éxtasis primordial que es la vida humana. "En una noche oscura, con ansias en amores inflamada, oh dichosa ventura, salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada." (Noche oscura, S. Juan de la Cruz)
La contraportada de esta actitud es el intento de buscar las respuestas en otra cosa, fuera de Dios. Aquí vienen todas las actitudes de nuestro corazón: ansia de reconocimiento, dominio, peculiaridades, poder, riqueza en su múltiples formas. Siempre que buscamos seguridad para nuestra íntima conciencia de no ser, en personas, circunstancias, cosas, nos cerramos de alguna manera el paso para la experiencia de Dios. Nos quedamos en el dios que nos presenta el diablo, el dios del poder y de la riqueza, no el Dios pobre de la encarnación.
El desierto, la nada, nos pueden poner delante con mucha claridad y de forma hiriente nuestra innata pobreza, lo deleznable que resulta ser persona humana. El desierto, si nos encaramos honestamente a él, acaba con la superficialidad, con las distracciones que nos alejan de la verdad de nuestro ser y nos deja desnuda ante lo que realmente somos: mortales, insignificantes, sólo relevantes para un Dios que comparte esta pobreza.
Hoy puede ser un día en que profundicemos en esta verdad y miremos de cerca nuestra respuesta. No tanto para enmendarnos, sino para crear la posibilidad de abrirnos de nuevo a lo sorprendente de una vida que recibe el horizonte luminoso e infinito del misterio de Dios, tal como Jesús lo aceptó en las tentaciones en el inicio de su vida pública.
4. Formas de pobreza o de desierto donde experimentar a Dios
La vida de cada día nos lleva al desierto silencioso, discreto pero real de la pobreza.

a) la pobreza de la vida "pequeña", insignificante, que no llama la atención a nadie, y menos a nosotras mismas. No tiene nada de heroica, tal vez tampoco nada de dramática, simplemente es vulgar, pequeña. Tiene el sello de lo simple, sencillo. Un ambiente vital donde no podemos hacer nada más que presentar a Jesús, nuestras manos vacías, nuestra mediocridad, sinceramente reconocida y presentada a Dios para que la transforme él si quiere, dejarnos purificar por él de nuestra vulgaridad, por los caminos que él escoge y no nosotras.

b) La pobreza de soledad, de la incomprensión, del aislamiento puede ser un desierto donde encontrar a Dios. En esta situación abrirnos a la esperanza en Aquel que tiene nuestra vida en sus manos amorosas, "contra toda esperanza" (cf Rm 4,18) como Abrahán.

c) La pobreza de experimentarnos en nuestra intangible singularidad, de la que no podemos huir, en momentos de intransferible responsabilidad que no tiene respaldo de nadie más que de nuestra conciencia y en que sólo tenemos a Dios por testigo y por apoyo. Nuestro misterio personal que nos confiere grandeza y soledad, nuestra misión que nadie puede garantizar y por quien nadie sale fiador más que Dios mismo y nosotros, en la que Dios se nos quiere manifestar como el único que sabe de nosotros hasta el final. Y la tentación de "hacer como todos", ir "al hilo de la gente", como dice Santa Teresa. (Habla del tema candente de la honra en la sociedad de fuertes discriminaciones entre cristianos viejos y nuevos etc. "Hablo ...del tiempo que me precié de honra sin entender qué cosa era, e íbame al hilo de la gente por lo que oía."cf CE 63,3) No llamar la atención para ahorrarnos complicaciones, aprovechar ocasiones para quedar "honrada".

d) La pobreza de nuestra personal libertad, lugar de experiencia de Dios. Entregarnos en libertad a una forma de vida, a una tarea concreta, a una persona, en fidelidad, renunciando a otras posibilidades y oportunidades a elegir, y cargando con nuestra personal responsabilidad sin aplausos de los demás. Si obramos en libertad, sólo dependiendo del Dios "pobre" como Jesús nos lo manifiesta en su vida, muerte y resurrección, nos alejamos de la tentación de querer contentar a todo el mundo, de querer aprovecharnos de los demás para nuestra seguridad, de la dependencia de las opiniones de los demás.
e) La pobreza de la muerte encierra en sí todas las formas de desierto que podemos experimentar en la vida y en la que podemos encontrarnos con la experiencia de Dios. En ella definitivamente vamos a experimentar a Dios y llegar a ser plenamente nosotras mismas en la pobreza absoluta, del todo aptas para recibir la plenitud de la riqueza de Dios. Perdemos todo, nuestro ser queda totalmente fuera de nuestro alcance, pero con la posibilidad de entregarnos libremente y para siempre al Padre por la fe, la esperanza y el amor.
5. La pobreza de la adoración
El desierto de la pobreza o la pobreza del desierto como lugar de encuentro con Dios es pues, el lugar de la ADORACIÓN. Todas las situaciones de desierto experimentadas como invitación al encuentro con Dios, nos llevan al "asombro", al silencio del estremecimiento ante Dios. Pueden ser los grandes acontecimientos interiores de nuestra vida: encuentros personales, pérdidas irreparables, gozos íntimos que transforman nuestra manera de ser, logros que nos manifiestan a las claras que el misterio de Dios está actuando en nosotras y no nuestro poder, llevan nuestro espíritu a un espacio de vacío y de silencio total, donde nuestra capacidad interior se nos manifiesta como el abismo donde se extiende el misterio divino. El alma de Jesús, el Espíritu de Jesús exhalada sobre nosotras desde la cruz nos hace escuchar la voz como de aguas caudalosas, cuando nuestra palabra queda enmudecida ante la Presencia y queda transformada en "música callada, y soledad sonora" (CB S. Juan de la Cruz) Los momentos de estremecimiento agradecido y mudo de nuestra existencia recobran la palabra por la fe en el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, se hace adoración. "Nadie va al Padre sino por mí." (Jn 14,6) Adorar a Dios en espíritu y en verdad (cf Jn 4, 23) significa confesar nuestra radical pobreza que también pertenece a Dios y desde él la vivimos. Nos desapropiamos incluso de nuestra pobreza para cantar con el salmista: "No a nosotros, Señor, no a nosotros, sólo a tu nombre da gloria, por tu amor, por tu fidelidad!" (Sal 113)
Tal vez puede parecer demasiado teórico todo lo que he ido apuntando. Mi intención era proponer algunos pensamientos, pocos, para que uno u otro pueda servir para este día de retiro. Puede que no sea más que ruido que hay que descartar para entrar en un breve espacio de tiempo -un solo día- en una situación de desierto.
Lo mejor sería que cada una, sobre el fondo de lo ya oído y vivido durante estos días, descubra simplemente, dónde está el lugar de su pobreza y ahí se esté en silencio y esperanza, resistiendo a la tentación y dejándose purificar por el Espíritu que la ha llevado al desierto.
Cristina Kaufmann
Carmelo de Mataró